BCCCAP00000000000000000000682

174 «... el Señor me dio hermanos» Siendo un adolescente de 14 años, en 1832, falleció su madre. Desde aquel día visitaba a menudo su tumba en el cementerio de Weng para rezar por ella. Dos años después falleció su padre. A los 16 años era huérfano. Tanto dolor aumentó su piedad. Multipli– có sus actos devotos y sus oraciones. Resulta una historia monóto– na, pero el círculo se agranda cada vez más . Se trata de la expre– sión popular de la piedad de las gentes con todas sus notas positi– vas, practicada conscientemente hasta un grado heroico. El altarcito construido secretamente en su habitación fue el úni– co testigo de sus largas noches de oración. La cama permanecía intacta una noche tras otra. Gastaba muy poco. Con habilidad deja– ba pasar los platos sin tocarlos. Pero sus hermanas se daban cuenta y moderaban estas penitencias. El sonreía, mas no eran capaces de frenarlo. Solamente los confesores lograban algo. En primer lugar un joven y enfermizo sacerdote que se hospedaba en casa de su pariente el párroco de Weng; después un piadoso sacerdote, hijo de un panadero de Innstadt-Passau en Aigen, que distaba cinco ho– ras de camino. Se confesaba cada ocho o quince días. Tenía sed de misas y comuniones. Conocía todas las iglesias del distrito. Ciertamente que no era muy extenso su horizonte geo– gráfico. En los días de fiesta, bien vestido, acudía a la primera misa de Griesbach y a la solemne de Weng y por la tarde a la función religiosa de Birnbach. Se levantaba muy pronto; durante el verano antes de las cuatro. Con frecuencia encontraba la puerta de la igle– sia todavía cerrada. Lo sabían muy bien las devotas y el sacristán, las amas de casa y las viejecillas de la primera hora. Si tenía que esperar, rezaba arrimado a la puerta. Una vez dentro, se colocaba junto a la pared en el primer banco a la izquierda. Durante el in– vierno, para resguardarse del frío, se acurrucaba al lado de la puer– ta, como si estuviera en una celda. Salía el último. Cuando pensaba que se hallaba solo, abandonaba los bancos y se acercaba al altar, se arrodillaba en el escalón más alto y allí permanecía hasta dos horas, como lo observó una curiosa mujer. Al volver a casa, esco– gía la calle más incómoda y más solitaria para ocultar su prolonga– da estancia en la iglesia y también para no pasar delante de las seis tabernas de Birnbach, donde los bávaros, alegres por la cerveza, podían reírse de su devoción un tanto llamativa.

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz