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CONRADO DE PARZHAM 173 efusión de su espíritu que desbordaba el corazón. Le sucedía lo que san Agustín escribe en la liturgia de santa Cecilia: «Cantar artística– mente ante Dios consiste en lo siguiente: cantar jubilosamente. Com– prender y no saber explicar con palabras lo que se canta con el corazón. Quienes cantan mientras siegan, mientras vendimian, mien– tras realizan otro cualquier trabajo intenso, primeramente sienten el placer producido por las palabras del canto, después, cuando la emoción crece, sienten que no pueden expresarla con palabras y en– tonces se desahogan con la modulación de la voz exclusivamente». Aunque el sol calentase, siempre trabajaba con la cabeza descu– bierta. Su padre le indicaba que podía coger una insolación. El por qué de este llamativo comportamiento nos lo revela un testigo al recordar algunas palabras de un diálogo, cogido al vuelo, entre dos campesinos que se bebían una jarra de cerveza en el bar: «Tengo un hijo que durante todo el verano jamás se ha puesto el sombre– ro». «Te refieres al que siempre está rezando». «Así era, en efecto. Tampoco durante el invierno lo lleva». Está claro que uno era el padre de Juanito; el otro era un molinero de Aigen. Como observó una señora, mujer de un herrero de Birnbach: «el joven Birndorfer no ha nacido para labrador; él había nacido para la oración, para la penitencia y para dar limosnas». Sin em– bargo, era un trabajador asiduo a su trabajo; pero, después del tra– bajo, para descansar, se arrodillaba y rezaba. Al mismo tiempo que daba vueltas con el rastrillo o levantaba el heno con la horca eleva– ba sus plegarias al cielo. Mientras los animales pacían o rumiaban la hierba, él leía sus libros devotos. ¡Qué labrador! Regaba los sur– cos con sus oraciones. El carro chirriaba al pasar por los callejones y un buen día los caballos se espantaron y dieron en tierra con el carro, la carga y el dueño. Estaba demasiado entretenido con sus devociones. Bromearon con él y se lo reprocharon. Juan, con toda calma, se levantó del suelo, enderezó el carro, lo cargó de nuevo y continuó su camino como si nada hubiera sucedido. Si conseguía recomponer el carro y los caballos, no siempre conseguía pacificar a los hombres. Si encontraba a algunos mucha– chos peleándose les proponía hacer las paces. Si no le hacían caso, se alejaba. Si oía blasfemar, se arrodillaba y pedía perdón con lágri– mas en los ojos.

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