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172 «... el Señor me dio hermanos» Siempre sobresalió religiosamente. Sabía rezar el rosario y dis– frutaba recitándolo con sus amigos. En la propiedad Venus el rosa– rio era familiar; se recitaba todos los sábados, especialmente desde San Miguel hasta Pascua; y todas las tardes se rezaba de rodillas el Angelus Domini. Ciertamente era una familia afortunada incluso económicamente. Un testigo añade un motivo muy significativo: «Nin– guno de los hermanos Birndorfer sirvió como soldado y menos Juan. Durante el invierno todas las noches se alojaban en Venushof algu– nos forasteros pobres o artesanos». Las raíces de la ingenua devo– ción y del amor a los pobres de san Conrado de Parzham provienen de este ambiente tan sano. Desde niño aprendió a disfrutar del silencio y de la soledad. Si los testimonios no fuesen tan unánimes, se podría pensar en un cliché prefabricado de santidad, como si fuese normal que un niño no estuviese ligado con lazos de amistades particulares, no hiciese ruido, caminase siempre recogido y silencioso, se escondiese en los lugares más raros para rezar, como en el fondo del granero o en un rincón delante de la imagen de la Virgen y se dedicase a colocar estampas de los santos y de las figuras de la pasión de Cristo en el establo y en otros sitios de la granja. Todos lo recuerdan como un ángel, «el ángel de Venus». Efec– tivamente era un muchacho dulce, alegre, humilde, rubio, amante del campo, del sol, de la naturaleza, sano como el trabajo de los labradores. El cielo se reflejaba en sus ojos. Era un modelo para la juventud, como san Luis Gonzaga del cual era muy devoto. Su presencia impedía las palabras equívocas de sus compañeros: «Ca– llas, que viene Juanito». Los criados de su casa comentaban: «Si éste no llega a santo, no lo será nadie». Otros afirman que jamás perdió la misa, sea que lloviese, neva– se o descargase una tempestad. Algunas veces tenía que atravesar charcos de agua hasta las rodillas. Nada lo detenía. De su rostro nunca desaparecía la piedad. En el trabajo siempre escogía un segun– do o tercer puesto; nunca alardeaba de ser el amo, a pesar de ser el hijo del dueño, porque prefería trabajar más que mandar a los demás. Frecuentemente en el campo, cuando ya había recitado el rosario repetidamente, cantaba, modulaba la voz, y las A ve María se transformaban en un canto jubiloso, en melodía del corazón, como

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