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170 «... el Señor me dio hermanos»» Sus padres se habían casado dieciocho años antes en la misma iglesia parroquial de St. Wolfgang en Weng, donde él mismo fue bautizado enseguida de nacer y le pusieron por nombre Juan Evan– gelista. Sufrieron mucho durante los primeros años de su matrimo– nio a causa de las guerras napoleónicas; en 1803 se iniciaba la gran «secularización» y el 6 de agosto de 1806 el «Sacro Imperio Roma– no de la nación alemana» acababa su casi milenaria y atormentada existencia que trajo consigo la descomposición de la institución ecle– siástica. Las 22 diócesis alemanas se redujeron a cinco; se cerraron las 17 universidades católicas y se suprimieron muchos monasterios y conventos. En tal situación muchos capuchinos se concentraron en Alttoting. A pesar de los tiempos tan calamitosos, la propiedad Venus ... aguantó bien. Nunca faltó el trabajo. Los testimonios son unánimes al resaltar la vitalidad cristiana y la laboriosidad en la masía de los Birndorfer, donde «la vida era un santo y patriarcal idilio. En toda la comarca no había una familia tan piadosa, tan silenciosa y tranquila. Eran muy trabajadores y trataban muy bien a la servi– dumbre; tanto los padres como los hijos se acercaban gustosamente a los sacramentos». Hace poco se ha encontrado la biografía más antigua de san Conrado, escrita por Wolfgang Beyer, dos años después de la muer– te del santo. La escribe un testimonio ocular, y sin embargo, poco nos dice de san Conrado mientras fue seglar y casi nada de su adolescencia, porque, escribe el autor, «él nunca habló de sí mismo». Alguien que lo conoció de pequeño decía: «El oraba gustosa– mente y gustosamente escuchaba hablar de Dios». A los seis años fue a la escuela elemental de Weng, a media hora de camino, con notable éxito. Más tarde, alrededor de los 19 años intentó de nuevo estudiar y se trasladó a Deggendorf, y entró en el colegio de los benedictinos en Metten, pero fue despedido por inepto. Se lo refería confiadamente al sacristán de St. Wolfgang, su amigo de la infan– cia: «No lo dudes, el buen Dios no me abadona; seguro que me tiene reservado un puesto sencillo». Nadie sabe con claridad por qué encontró tanta dificultad en el latín y en las matemáticas ya que poseía un talento que superaba la media común.
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