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DÍA VIII.-<<DIES li\IITATIONIS E'I' AMOIUS)l 583 refecc:ón. En los dos primeros casos existe cierta separación y d¡v1sió,1 entre el dador y la dádiva; en el tercero hay un::1, unión adnuraole entre el manjar y quien 10 toma, y la conversión de uno en otro» (7ó). Es tal la grandeza del don, que ninguno lo pudiera imagmar sino el infinito amor de un .L)1os. Sólo la sab.duria, la bondad y el poder in- 1initos pudieron conocer y realizar semejante pro– digio. Por esto, siendo D10s ommpotente, no pudo dar más al hombre; siendo sap1entísimo, no supo inventar otra cosa mejor; siendo rlquísimo, no tuvo otro don que regamrnos. En este ::rn.cramen– to, Jesucristo derramo los tesoros de su amor. La Eucarist1a es el Amor de los Amores... Estupendo prodigio de caridad, que tuvo prin– cip,o en el cenácmo y tendrá su fin con. el mun– do, perpetuándose en todos tiempos y lugares de la tierra. Jesús se dará en alimento a todos los nombres buenos y malüs, pequenos y granctes, ri– cos y pobres. O res rniraoilzs! Manaucai Dominu-m, pauper, seruus, et hurnilis! .(76). Pactemos excla– mar con el santo Job: ¿Quién es el Jwmbre para que así le magnifiques? ¿Por qué le vones al lado ae tu corazon! .('i I) ¿Quién eres tú, polvo y ce– niza, pecador ingrato, para r2cíb:r en tu p2cho ll.i majestad intimta de un Drns? benor, ¿qué has visto en el hon10re parct que así k engn..11ctezcas? AumE:nta tudavm es2 prodig10 de umor si se consideran las circunstancias es])eciaies en que fue instituiuo este /:,acramento. .t;n la mtsma no– che en que deoia ser entregado, momentos an– tes de lanzarse al mar inmenso de sus dolores, nos deja ese don especial, prenda de ardiente amor. Prevé las ofensas, los sacrilegios, las in– gratitudes, las 1rreverei1cias de los hombres; pe– ro, no obstante, se queda con nosotros para ser– virnos de compañero en el destierro de esta vida; de auxilio en nuestras necesidades; de remedio , 7t>) i::,Gr/11. iV Quudrag., t. IX, p. 233. (76) ;,,acris in test. Corpor. Cl'.lristi. ( 77) Quia cst quiu nia{Jnifwas eum:' aut quid apponis erga cor tuwn? Job., VII, 17.
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