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DIA VIII Conferencia II <XXXI) DE LA VIDA EUCARISTICA Sciens Jcsus, quia t'enit hora eiil~, ut transcat de hoe mundo ad Pa– trcm, cum dilexisset s1ws, qui erant in 1111mdo, in finem dilcxit eos. Sabiendo Jesús que era llegada la hora de su tránsito de este mundo al Padre, como hubiese amado a los .suro,..,, oue vivían en el n1undo, los amó hasta el fin. (loann., XIII, l.1 Toda la vida de Jesucristo fué una demostra– ción palmaria de su amor a los hombres. Todos sus actos, desde el pesebre al Calvario, desde la cuna al sepulcro, desde el nacimiento a la muer– te, forman como :os es}abones de una cadena de amor. Pero la prueba más grandiosa, magnífica y luminosa de su amor inmenso, la dió al fin de sus días, instituyendo el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, obra por excelencia de amor. San Agustín, considerando este milagro de amor, exclama: « ¡ Oh sr:cmmento de piedad! ¡ Oh se– rial de unidad! ¡Oh vínculo de caridad!» (74). San Buenaventura escribe: «Grande es la mues– tra de amo!' que el Hijo del Hombre nos dió en la Encarnación, tomando la naturaleza humana y haciéndose nuestro hermano; mayor aún en la Pasión, sufriendo acerbos dolores y dándosenos en precio de redención; pero llegó al má,J,'imo su caridad entregándonos su cuerpo en manjar de ('14¡ In Joannis Erang., tract. XXVI, cap. vr, n. 13. P. L., t. 35, col. 1.613.

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