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DÍA VIII.-(mms Ii\IITATIONIS ET AMO!US)) 579 trina, sus ejemp:os, su santidad, convienen a to– dos: a los ricos, a los pobres, a los sabios e ig– norantes, a los de modesta o elevada condición social. No hay edad, condición, estado o sexo que no pueda aprender de Jesús el modo de vivir santamente. San Buenaventura dice: «Cris– to fué el ejemplar de toda virtud y perfección cristiana» (63); «quiso tomar nuestra naturale– za para servirnos de ejemplo de omnímoda per– fección y justic.ia» 161l. Cristo nos manifestó una ética general y una disciplina universal de cos– tumbres para que obremos como Itl obró; viva– mos como Él vivió; suframos como Él sufrió; pa– semos por este mundo como Él pasó .(65). Que la imitación de Jesucristo sea posible y uni– versal para todos, lo demuestra la historia de la Iglesia. En sus páginas encontraréis perfectos imi– tadores de Jesucr~sto, santos de todas las condi– ciones y en todos los estados de la vida. San Pa– blo nos dice: «Sed mis imitadores, como yo lo soy de Crlsto.» San Francisco de Asís fué llamado el «s2gundo Cristo», por la semejanza que tuvo con el Salvador. Desde su conversión hasta su muerte, todo su anhelo, todo su esfuerzo fué imitar a Je– sucristo. Bartolomé de Pisa escribió una obra vo– luminosa presentando un cuadro de conformida– des de la vida de S. Francisco con la de Jesu– cristo. El precioso libro Fioretti («Florecillas») empieza usí: «Primeramente es de advertir que el glorioso Pudre S. Francisco en todos los he– chos de su vida fué conforme a Jesucristo... » (66). Tomás de Celano escribió: «Yo creo que el bien– aventurado Francisco fué un espejo de la santi– dad del Señor y una copia de su perfección» (67). Como fué una imagen tan viva durante la vida, lo llegó a ser también en la crucifixión, recibiendo la impresión milagrosa de las llagas. La Tradi- (63) Quacst. DisJJ. de verfect. evanv., q. III. art. 1II, fund. 2. T. V., p. 175. f64) Serm. I. Don:ín. XXII post. Pent. t. IX. p. 442. (G5) Sen:1. II ín N:itfrit. Domini, t. IX. p. 107. !661 Florecillas, cap. I, p. 41. (67) TOMÁS DE CELANO, II. n. 26, p. 189.

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