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566 «ALVEilNÍA)l atención y con fe, nos enseñan quién es Cristo, quién es Dios, quiénes somos nosotros y cómo de– bemos vivir. El alma piadosa y de corazón sin– cero, recorriendo esas páginas conoce a Cristo, penetra en los secretos de su Corazón divino, comprende las magnificencias de la revelación, bebe a torrentes de esas aguas que brotan hasta la vida eterna 13). Puede leerse una vez, dos, cincuenta, cien veces y siempre se encuentra algo nuevo, algo ines– perado, algo que impresiona. Es una prueba que es palabra de Dios, Sabiduría Encarnada. Los Santos que meditaban cada día los textos o pa– sajes evangélicos, descubrían siempre nuevos ho– rizontes, nuevas perspectivas. De aquí que el Evangelio no envejece nunca. Es el libro de to– dos los momentos, de todas las horas, de todos los días, de toda la vida, de todos los tiempos, de todas las edades, de todos los indviduos, de todas las sociedades... Durante la vida del cristianismo se han escri– to muchísimos libros buenos, pero todos son irra– diaciones de este foco de luz; se asemejan a las mariposas que revolotean alrededor de la llama. San Francisco se inspiró en su vida de per– fección y en 1n. fundación de la Orden Seráfica en el Evangelio, en las dudas consultaba el Evan– gelio; vivía según la forma del santo Evangelio. Dice en su testamento: «Después que el Señor me dió cargo de frailes, ninguno me enseñaba lo que debía hacer, sino que el mismo Señor me re– veló que debía vivir según la forma del santo Evangelio» _(14). La regla empieza con estas pa– labras: «La regla y vida de los Frailes Menores es ésta conviene a saber: guardar el santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en castidad» (15). To– das sus tres reglas y toda su vida calcó sobre el santo Evangelio. Todo el movimiento francis- (13) Fiet in eo fans aquae salientis in vitam aeter– narn. Joann., IV, 14. (14) Testamento. (15) Regla, cap, I.

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