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55(l en la gloria. Ningún pensamiento malo, ninguna ima;inación deshonesta. ningún movimiento car– nal pueden manchar el alma si la voluntad no consiente. Todas esas cosas, aun las más ho– rribles que se pueden imaginar, pasan bajo la mirada de Dios, que lo ve todo y no empañan lo más mínimo la inrlnita pureza de su pensamiento. ¿Temes haber consentido en la tentación? Si la tentación te disgusta, te molesta, te contrista, te causa horror, tienes en ti nusmo la prueba de no haber consentido. Lo que no se quiere no se imputa. Lo que se padece contra la voluntad, no se acer;ta deliberadamente. Supongamos que realmente hayas co:::isentido y caído en la ten– tación; en este caso, en lugar de turbarte y perder la paz, levántate con diligencia, pide a Dio:; perdón, confiésate, humíllate y slgue ade– lante en tu camino. De las caídas debemos sacar humildad, vigilancia, cautela, desconfianza de nosotros mismos, experiencia para lo futuro. La turbación, el desali::nto, la intranquilidad, la irr-i– tación no remedian los males: los aumentan o impiden los bienes que del mal se deben sacar. Algunos dicen: Temo para el fUturo, qui~á con– sentiré más tarde y recaeré de nuevo; pero ¿por qué perder la confianza en Dios y no esperar en su gracia, si se la pedimos con fervor? Descon– fía de ti mismo, huye de la ocasión, evita el pe– ligro, ora al Padre de las misericordias y El te ayudará. No reflexiones en las caídas pasadas para examinarlas, sino para humillarte y arre– pentirte; no pienses en las futuras probabilida– des, sino para orar y precaverte. 9. Otros im])edimentos.-Son igualmente im– pedimentos para la paz interior los cumplimien– tos y atenciones mundanas, las amistades que disipan y distraen, las ambiciones que torturan y preocupan, el apego a la propia voluntad, la falta de docilidad a la obediencia o disposiciones de la divina Providencia, las reflexiones tristes, el carácter melancólico, el desequilibrio nervioso y la exaltación de la imaginación. En general, todas las pasiones y todos los vicios son causa de

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