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552 {{ALVERNIA)) tanta miseria? Así lamentan algunos. Pero ranamente se contnrba el hombre (205). Nunca el desaliento, la turb,ieión, la desolación, el aban– dono, curaron las enfermedades. En el recono– cimiento de las propias mis0rias es necesario humillarse, pero no desanimarse; confesar nues– tras imperfecciones, nuestra impotencia, y apo– yarse sólo en Dios. Sólo la gracia puede vencer la naturaleza corromp'.da. Con la humildad sin– cera y tranquila, y 1:1 oración constante y con– fiada, Dios se moverá a darnos la vida sobre– natural en abundancia; porque Él vino ])ara que tengamos 'l'ida sobrenatural, y la tengamos abun– dantemente (206). Otras veces puc-de proceder ese desaliento de apatía natural, de indolencia, ele aversión al tra– bajo y al vencimiento. La virtud supone sacri– ficio, y todo sacrificio cuesta. En este caso, es necesario reaccionar fuertemente, reavivar el es– píritu de fe, frecuentar los sacramentos con las mejores disposiciones, ser asiduos en la oración y esforzarse por hacerla bien. Usando de los medios de perfección se encenderá el fuego de la devoción. Cuando la tribulación arrecia, el recuerdo de las culpas pasadas oprime, una noche oscura nos invade, el entendimiento no ve y el corazón no siente; entonces es necesaria la calma, la sereni– dad, la fortaleza, el recurso humilde y fervoro– so a Dios. Postrarse delante del Sagrario y pe– dirle, con viva fe a Jesús que ilumine nuestros pasos, fortalezca nuestro ánimo, llene de un– ción nuEstra voluntad, nos dé consuelo, esperan– za y aliento. Cumplid, Jesús, las palabras que Vos dirigisteis a las turbas de Galilea: Venid a Mí todos los que estáis cargados y atribulados, y Yo os ali'L'iaré (207;. Aquí estoy como un pobre ante un rico, como un enfermo ante un médico, (2061 Vcrumtamcn veme conturbatur omnis hamo. Ps. XXXVIII, 12. (206) Ego venit ut vitan¡ lwbeant. et abwzdirntius habeant. Joann .. X, 10. (207) Venite ad me laboratis, et onrntí esth;, rt XI. 28.
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