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DÍA VII.-<<DIES PERFECTIONIS)) 511 res; el oro, entre los metales; el sol, entre los astros. Es una virtud bellísima y encantadora que arrebata las miradas de Dios, de los ángeles y de los hombres. No sólo las divinas Letras, los Santos Padres y ascetas cristianos ensalzaron su hermosura. cantaron sus glorias, sino que tam– bién los paganos la rinderon homenaje. Los cón– sules y emperadores romanos, cuando encontra– ban una vestal, le cedían siempre el puesto de honor; los héroes que se acercaban al Capitolio las obsequiaban con profunda ri'cverencia; los condenados al suplicio, si por ventura se encon– traban con una vestal, se les concedía la li– bertad. Si estos honores se tributaban entre los gen– tiles a la virginidad pagana, ¿cuánto más se de– berá estimar y honrar la virginidad cristiana re– ligiosa, consagrada a Dios con voto, elevada a un orden sobrenatural? Las personas religiosas, con mayor motivo que las vestales romanas, pueden considerarse como seres privilegiados, flores pre– dilectas del jardín florido de la Iglesia, cortesa– nas que forman el cortejo a Cristo Rey. Siendo una virtud tan excelente y tan necesa– ria al estado religioso y sacerdotal, es preciso co– nocerla bien para apreciar debidamente su im– portancia en la vida espiritual y có:no debemos practicarla. En consecuencia, trataremos de des– arrollar en la mayor brevedad posible los siguiert– tes puntos: I. Naturaleza, especies y grados de la cas– tidad. II. Motivos que nos deben mover a vracti– car la castidad. III. Medios de que nos debernos servir pata ol1servar la castidacl.
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