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506 ({ALVERNIAl) --------- Con humiiaacl. La pobreza soberbia es odiosa a Dlo::; y a los hombres. Un pobre soberbio es una cosa detestable. Algunos rílosofos paganos seguían la pobreza o el desprecio de las cosas; pero es– taban llenos de orgullo y soberbia. Su fin era la reputación. No debe ser así la pobreza cristiana. El religioso debe unir a su pobreza la humildad. No ama Dios la pobreza sí no va unida con la humildad. Aconseja el l::ieráfico Padre que no se desprecie ni juzgue a los que se visten de vesti– duras blandas y de color, ni a los que usan comidas y bebidas delicadas, sino que cada uno juzgue y menosprecie a sí mismo (92). Los frai– les sirvan a Dios en pobreza y humildad, y va– yan por la limosna confiadamente .(93). Con alegría. Alta es la pobreza que se sopor– ta con paciencia; más alta la que se sufre con complacencia; auisíma, la que se lleva con ale– gria, gloriándose en ella. Como los mundanos se glorían en la abundancia, así los verdaderos po– bres se deben gloriar en la pobreza. Cuando se presenta la ocasión de su.trir las penalidades de ia pobreza en los alimentos, en los vestidos, en las habitaciones, en los rigores del trío o en los ardores del verano, en lugar de murmurar y la– mentarse, el perfecto pobre se alegra de padecer las consecuencias del voto que libre y espontánea– mente l11zo. Hay religiosos que de tal manera quieren ser pobres, que no les falte cosa alguna, y cuando les falta critican a los superiüres, se quejan de la Providencia y ponen el grito en el cielo. Con perseverancia. No basta observar la po– breza cuando novicios o jóvenes; nos obliga to– da la vida, mientras seamos religiosos. La obli– gacion desciencte igualmente sobre todos y en to– dos tiempos. San .t<'rancísco dice en su regla: «Allegánaoos a )a altísima pobreza, ninguna otra cosa por el nombre de Nuestro Seflor Jesucristo, (02) Regia, cap. II. \Ud) JbUl., cap. VI.
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