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466 «ALVERNIA» labras: «Grandes peligros amenazan a la Orden si no se pone coto a los murmuradores. Pronto se verá manchada la buena fama de muchos si no se tapa la boca a los que la manchan. Levántate, levántate, examina con diligencia, y si encuen– tras ser inocente ese fraile, a quien se acusa, im– pón al acusador un duro y público castigo. Si no puedes castigarlo tü, ponlo en las manos del pú– gil florentino (así llamaba a Fr. Juan de Floren– cia, hombre de grande estatura y de grandes fuerzas). Quiero que tú y todos los ministros veléis con sumo cuidado por que no se propague esta enfermedad pestilencial» (323). En ocasio– nes. Francisco hacía despojar del hábito al que hubiere quitado el buen nombre a su hermano y lo tenía por indigno de levantar los oios a Dios hasta que hubiera restituído el bien robado. De ahí aquella guerra implacable que los frailes de aquel tiempo declararon a la calumnia y a la de– tracción, poniendo sumo empeño en evitar es– crupulosamente todo aquello que pudiera man– cillar la fam¡, del hermano o que pudiera ser entendido como un reproche (324). De los detrac– tores y calumniaclores decia: «El calumniador dice der:ttro de sí mismo: yo no tengo perfección de vida; tampoco tengo bastante facultad para la ciencia o para una gracia especial, por lo cual no encuentro aprecio ni ante Dios ni ante los hombres. Sé lo que he de hacer: Mancillaré el buen nombre de los elegidos, y así me congracia– ré con los superiores. Ya sé que mi prelado es un hombre y que a veces hace el mismo oficio que yo, con el fin de que, cortados los cedros, no se vean en el bosque más que espinos y ma– lezas <como yo1. Ea, miserable, sáciate de carne hmn:,na. y ya que no puedes vivir de otro modo, roe las entrañas de tus hermanos. Tales hombres nrocuran aparecer buenos, mas no serlo, repren– diendo los vicios. Sólo alaban aquellos por cuya í323) TI-WM, CELANO, II, n. 182, p. 305. También en H. ~r.'1..DEn 1 e 13241 lbid.
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