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((ALVERNIA)) en estar con los hijos de los hombres .(221), de habitar con ellos. Lo que Dios ama, lo que Dios quiere, donde Dios habita y tiene sus compla– cencias, lo que Ii;l ha santificado con su presen– cia sacramental, también nosotros debemos amar, apreciar, respetar... No mires lo exterior de ese templo, sus paredes quizá rústicas, su falta de belleza; mira su interior, lo que representa, lo que significa... f) Como coherederos de la gloria. Todos es– tamos destinados a recibir la corona inmortal de la gloria, a ser conciudadanos del reino de los cielos, a disfrutar por toda una eternidad de la herencia que nuestro común Padre celestial nos tiene reservada si somos fieles. Nuestra mo– rada eterna será el cielo, casa de nuestro Dios. ¿Por qué no amarnos en la tierra los que hemos de participar de la misma herencia, de la misma gloria, del mismo Padre en el cielo? Hemos de tener las mismas alegrías, los mismos gozos, aun– que no en el mismo grado ... De lo dicho se deduce que la caridad fraterna tiene siempre por fundamento la conveniencia en algún género de cosas, el cual, como centro, los une a todos en sí mismos. La concordia humana, dictada por la ley natural, se funda en conve– nir todos en el mismo Padre común eterno: Dios; en el mismo padre común temporal: Adán, o sea en la misma especie que tiGne por origGn rGmoto Dios y próximo un mismo progenitor. La con– cordia cristiana se funda en ser todos redimidos por un Salvador; la concordia católica, en tener todos un mismo dogma, una misma Iglesia, un mismo Pontífice. La concordia espiritual, en te– ner al mismo Espíritu santificador, cuya mora– da estable en las almas que le aman. La con– cordia celestial y etGrna, en la herencia común del reino de los cielos. Si todas éstas y otras conveniencias son otros tantos fundamentos y tí- í'.221) Et dilitiae meae esse VIII, 31. /iliis homiwu1n pror.,
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