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434 <<ALVERNIA)l celestial común, tenemos también un padre te– rreno común; todos procedemos de un solo tron– co y somos hijos de Adán. Hombres nacidos para formar la sociedad humana, en la cual encon– tramos el remedio de nuestras necesidades. Sin el amor de unos con otros, la sociedad en que vivimos no sería posible. ¿Quién nos socorrería en nuestras miserias? ¿Quién nos curaría en nuestras necesidades? ¿Quién nos enseñaría en nuestras ignorancias? ¿Quién nos consolaría en nuestras penas? ¿Qué resultaría de la sociedad humana? Se convertiría en un hato de fieras siempre prontas a devorarse unas a otras. Se cumpliría el principio de algunos filósofos: Homo homini lupus. Queriendo Dios que los hombres fueran sociables, que convivieran unos con otros, que se socorrieran mutuamente y que se ayuda– ran en todas sus necesidades corporales, inte– lectuales y morales, les impuso con su sabiduría infinita la ley del amor en el corazón. El prójimo, mirado como hombre, miembro de la humana so– ciedad, perteneciente a la misma especie, merece nuestro amor. Si los animales, con sólo el ins– tinto se aman, se asocian... , ¿cuánto más el hombre con la razón y la voluntad, potencias no– bilísimas del alma, creada por Dios a su imagen y semejanza? c) Como cristiano. Todos tenemos también un Redentor común. Jesús se encarnó por todos, murió por todos, nos lavó a todos con su san– gre preciosa; todos somos regenerados por las aguas del bautismo; todos tenemos una sola fe, una sola Iglesia verdadera, los mismos sacramen– tos, un solo Cristo Salvador. Por tanto, somos hermanos en Jesucristo, hijos de una madre es– piritual, que es la Iglesia; luego debemos amar– nos como hermanos espirituales. Además, según la doctrina de S. Pablo, los cristianos venimos a formar un solo cuerpo místico, cuya cabeza es Jesucristo (218). Ved cómo se aman los miembros de un mismo cuerpo y se compadecen entre si. 12181 Rom,, XII, 5: J Cor,, XII, 12-20

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