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DÍA VI.-(WIES UNIONIS SUPErtNATURALIS)l 399 minante, cuando trabaja caminando, lo sufre porque espera llegar al término; quítale la espe - ranza de llegar, e inmediatamente cesará de an– dar» (132). En la paciencia se coronaban los már– tires; deseaban las cosas que no veían; desprecia– ban los tormentos que sufrían. Con esta: espe– ranza, exclamaba S. Pablo: ¿Quién nos podrá se– parar de la caridad de Cristo? Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las potestades, ni lo presente, ni lo futuro, ni criatura ninguna nos podrá separar de la caridad ele Dios, que está en Jesucristo Nuestro Señor (133). III. PECADOS OPUESTOS A LA ESPERANZA Se puede pecar contra la esperanza por omi– sión, cuando voluntaria y conscientemente se omiten los actos obligatorios de esperanza en ciertas circunstancias de la vida. Los cristianos y religiosos que oran y cumplen sus deberes re– lkiosos hacen, por lo menos implícitamente, los actos de esperanza; porque se ora y se obra bien para obtener el cielo. Sólo cuando uno ha perdido la, fe o se ha apegado tanto a los bienes de este mundo que los prefiere a los del otro, descuida sus deberes religiosos y vive tan engolfado en los placeres de la vida, que los tiene como su felici– dad, se puede decir que falta a la obligación de hacer actos de esperanza. Entre cristianos y religiosos más fácilmente se dan los pecados contra la esperanza, si no en to– da la extensión de su malicia en grado limitado. Estos son dos: uno por defecto y otro por exceso, o sea, la desesperación y la presunción. La desesperación es la desconfianza voluntaria de no conseguir la bienaventuranza, ni los me– dios que a ella conducen, como el perdón de los pecados, el vencimiento de las tentaciones, los <1321 Senn., 158. n, 8. 1\I. P. L., XXXVIII. col. 866. (133) Rom., VIII, 35 y sigs.

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