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DÍA VI.-((DIES UNIONIS SUPETINATURALIS» 397 fácilmente cumple con este precepto. La espe– ranza no sólo es necesaria para nuestra justi– ficación y salvación; es también indispensable para nuestra perfección espiritual, contribuyendo a nuestra santificación. La esper::mza de los bienes eternos nos des– prende de los bienes temporales; ninguno de los bienes de este mundo, ni la riqueza, ni los honores, ni los placeres, pueden saciar el cora– zón humano. Sólo la verdad infinita puede saciar nuestro entendimiento y sola la bondad sin li– mites puede aquietar nuestro corazón. ¿Quién, al considerar la vileza, la inseguridad, las imper– fecciones de los bienes de este mundo, no es– pera y aspira por los bienes eternos? La esperanza da eficacia a nuestras peticiones. Las Escrituras nos exhortan a poner toda nues– tra confianza en Dios. Los Proverbios dicen: Quien espera en el Señor, sanará (118); y el Salmista: Porque ha esperado en rní, le salva– ré (119). El Eclesiástico nos dice: SaLJed que nadie esperó en el Se11or que fuera confundido. ¿Quién, permanecienclo fiel a sus mandatos, ha sido abandonado, o quien, habiendo invocado su nom– bre, ha sido por Él despreciado? Porque el Se– ñor es piadoso y misericordioso, y perdonará los pecados en el dia de la tribulación (120). En el Nuevo Testamento hay ejemplos bellísimos de la eficacia de la esperanza y confianza en el Señor. Recordad los ejemplos del Centurión (121), del paralítico que le bajan pcr el techo para que le cure (122), ele los ciegos de Jericó (123), de la Cananea 024), de la hemorroisa (125), de los le- (118) Qui sperat in Domino sanabitur. Prov., XXVIII, 25. ( 119) Qwmia m :ne spcrui:it, liberaba emn. Ps. XC, 14. (120) Nullus speravit in Domino, et confusus est. Quis eni?n permansit in mandatis eius et derelictus est? aut cruis invocavit eum, et despexit i!lmn? Quoniam piwi et miscriccrs est Deus. Ecdi., II, 11-13. (121) Matth., VIII, 10-13. ( 122) Matth., IX, 3. (123) Matth., IX. 29. (124) Matth., XV. 28. (125) Luc., VIII, 43 y :;i¡:¡s.

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