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396 ((ALVERNIA)) hará recurrir con humildad y confianza al dador de todo bien para que nos socorra en nuestras ne– cesidades y nos defienda de nuestros enemigos. Los que temen al Seiior esperan en Él; porque es su auxiliador y protector (116). Estas dos propiedades contrarias de la esperan– za, certeza e incerteza, deben armonizarse mu– tuamente. La certeza, por parte de Dios, destie– rra las ansiedades, las turbaciones, los temores exagerados, la desesperación. La incerteza, por parte nuestra, impide la presunción, la soberbia, la vanagloria, la confianza excesiva en nuestras fuerzas; así, ei justo, entre estos dos afectos con– trarios, debe mantener un santo equilibrio en su alma, dirigiéndola por la recta vía sin declinar a la diestra ni a la siniestra. Del justo medio y del perfecto orden resultará la paz. II. NECESIDAD Y UTILIDAD DE LA ESPERANZA Lo que hemos dicho de la necesidad de la fe como medio, es aplicable también a la esperanza Esta virtud, juntamente con la fe y la caridad, se infunden en el bautismo como virtud sobrena– tural o hábito infuso. El acto de esperanza es también necesario con necesidad de medio en los adultos para la justificación, como dice el Concilio Tridentino. Porque el pecador, «consi– derando la misericordia divina, cobra aliento y esperanza, confiando que Dios se apiadará de él por los méritos de Cristo» .(117). La esperanza es también necesaria con necesidad de precepto al llegar al uso de la razón, y algunas veces en la vida, como se puede ver en los tratados de Moral. El cristiano que ora y cumple con sus deberes religiosos tiene siempre, al menos, una esperan– za implícita de conseguir la bienaventuranza y ( 116) Qui timent Dominmn speravernnt in Domino: adiutor eorum et protector eorum est. Ps. CXVII. 11. (117) Sess. VI, c. 6. DENZIG.-BANN., n. 798.

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