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394 ((ALVERNIA)) za sea razonablemente fundada. En la obra de nuestra justificación y salvación somos coadjuto– res ele Dios (103J. Dios nos crió y redimió sin nuestro concurso, pero no nos salvará y santifi– cará sin nuestra cooperación a la gracia. El méri– to es efecto de dos causas: la primera y princi– pal es Dios, y la segunda la criatura. Dios mueve, estimula, ofrece su auxilio, pero el hombre debe consentir, obrar, cooperar a la acción de Dios. Así lo entE:ndía s. Pablo cuando decía: Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no ha sido en mi estéril, antes he trabajado más copiosamente que :odas; pero no yo, sino la gracia de Dios en mí \ 104J ; y exhorta a que no recibamos ta gracia ele Dios en vano (105); lo mismo recomendaba a su discípulo Tlmoteo: Trabaja como buen soldado de Cristo (106). San Pedro también nos dice: Hermanos, sed solícitos para que por vuestras buenas obras hagáis cierta vuestra vocación y elección (10'7J. En la obra, pues, de nuestra sal– vación y santificación se requieren también las buenas obras, sin las cuales ninguno se puede salvar. De los motivos de la esperanza se deducen tam– bién las proviedades que tiene, ya por parte de Dios, ya por parte nuestra. Por parte de Dios son la certeza y firmeza; por parte del hombre, la in– certeza y el temor. En efecto: cuando Dios ha prometido una cosa, la realizará; porque es in– falible en sus palabras y fiel en sus promesas. Por esto el hombre puede exclamar confiado: Dios mío, en Ti confío, no me avergüenzo _(108); los (103) Dei cnim swnus adiutores. I Cor., III, 9. ( 104) Gratia autem Dei smn id, q1wd smn, et gratia eius in me vacua Juit, wd abmidantius illis Zabo- ravi : non ego sea gratia Dei mecmni. I Cor., XV, 10. (105) Adiuvantes cmtem exhortamur ne in vacu1i1n uratimn Dei recipiatis. II Cor., VI, l. (106) Labora sicut bonus ·miles Christi Iesu. II Tini., II, 3. (107) Qua11ropter fratres magis satagite ut per bona opern certmn i:estram ·vocationem, et electioneni Jacia– tis. II Petr., I, 10. (108) Deus meus in te con/ido, non erubescam. Ps. XXIV, 2.

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