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DÍA VI.-«DIES UNIONIS SUPEI1NATt:f:ALIS_l>__ 39_1 to con el r::ino de Dios, rl p2rdón de los peca– dos, el pan nuestro de cada día. No hay necesidad espiritual o material por la cual no pida la Igle– sia en su variada y rica liturgia. Dios nos dio el alma y el cuerpo; y de Él esperamos recibir ,n que es necesario para la vida espiritual y cor– poral, temporal y eterna. Objeto formal de la esperanza. El objeto for– mal adecuado cte nuestra esperanza son los m,– tivos o razones en que se apoya. Ha sido muy d;scutido entre los teólogos cuál es la razón prin– c:pal y esencial que induce a la voluntad a ha– cer los actos de esperanza. Nosotros prescindí, ,os aqui ele estas discusiones, y decimos que la es– P r:::nza se funda adecuadamente en los atribut 1s cliv:nos siguientes: l. La bondad de Dios. La esperanza, virtud so 1 :ren:1tural, tiende a la bienaventuranza como a nuestro último fin; ésta no consiste sino en la posesión y fruición de Dios, único ser que puede saciar plenísimamente nuestras potencias. La fruición divina, o sea la bondad respectiva de Dios para con nosotros, es la que nos mueve a esperar tanta felicidad, y la que excita nuestro deseo, eleva y alienta nuestro ánimo. Jesús no, propuso el reino de Dios .;orno un premio prepa– rado y esperado: Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os tengo preparado desde la constitución del mundo (98). 2. La omnipotencia de Dios. Para hacer el bien no basta ser buenos; es necesario poderlo hacer. Aunque la bienaventuranza sea un bien sobrena– tural superior a nuestras fuerzas, sin embargo, es accesible su consecución en virtud de la divina omnipotencia. Que la potencia auxiliadora de Dio3 sea motivo de nuestra esperanza, se manifiesta frecuentemente en la Sagrada Escritura: Dios es rni auxilio, mi esperanza está en Dios, esperad en Él todos los pueblos, Él es nuestra ayuda eter- (90) Venite benedicti Patris mei, possidete paratum vobis regnum a constitutione mundi. Matth., XXV. 34.

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