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a;ietito irascible hacia un bien ausente, sensible y arduo. Se distingue del deseo, en que éste ven,a sobre e, bien en general prescindiendo de su di– ficultad, mientras la esperanza es acerca de un bien difícil de obtener. No tratamos ahora de la esperanza como una de las once pasiones, sino de la esperanza como virtud sobrenatural. La esperanza cristiana es una virtud teologal, o hábito infw;o, que dispone la voluntr:d a esperar la felicidad eterna y los me– dios que a ella conducen, confiando firmemente en la bondad de Dios, en su potencia auxiliadora y en la fidelidad a sus promesas. El hábito que se infunde en el bautismo, juntamente con la fe y la caridad, es una cua:idad permanente en el alma que nos prepr:ra y dispone a los actos de la esperanza que debemos realzar en nuestra vida mortal, después de haber llegado al uso de la ra– zón. Es una virtud solJrenatural, porque supera to– das las fuerzas humanas; Dios nos concede este don para que nosotros lo conservemos, aumente– mos y perfeccionemos durante nuestra existencia temporal. El hábito infuso de la esperanza nos inclina a realizar los actos, pero no los produce automáticamente; para ello es necesaria nuestra cooperación libre; así, el acto de la esperanza, li– bremente ejercitado, es meritorio para la vida eterna. Analizando el acto de la esperanza po– demos observar que en él entran varios elemen– tos. Santo Tomás distingue cuatro principales: 1. 0 El acto de esperanza versa sobre un bien, y en esto se distingue del temor, que tiene por ob– jeto u:::i mal que puede sobrevenir. 2.º El bien es futuro todavía. para distinguir la esperanza del gozo que nace de un bien presente y poseído por la facultad. 3. 0 El bien es posible de conse– guir, pero con dificultad; por esto el bien de la esperanza es siempre arduo, mientras que el bien, objeto del deseo, prescinde de la dificultad. Je– sús mismo nos dijo: El reino de los cielos padece violencia, y sólo los que se la hacen a sí mismos

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