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DÍA VI.-((DIES UNIONIS SUPERNATURALISll 377 serve y aumente en nuestras almas la te, es pe– dírsela constantemente, y diciendo con los Após– toles: Señor, auméntanos la fe (53). En los mo– mentos de duda, en las tentaciones, cuando el alma se siente lánguida, es necesario redoblar nuestros esfuerzos y pedir humildemente al Se– f10r que reavive en nosotros la fe. La meditación. Robustece la fe la frecuente consideración de los motivos de credibilidad, re– flexionando en el modo admirable con que se 'propagó el cristianismo, en la realización de las profecías, en la multitud de milagros de Jesu– cristo y de los santos; en tantos millares de mártires que dieron sus vidas por confesar la fe e iban contentos al martirio, sabiendo que mo– rían por la verdad.; en la multitud inmensa de santos, doctores y hombres ilustres que creyeron firmemente y llevaron una vida santa, confor– me a los principios de la fe que profesaban; en la misma sublimidad y divinidad de la doctrina revelada, en el esplendor del dogma, en las ar– monías de la fe. Estas y otras consideraciones nos confirman más en la fe, sabiendo que son razo– nables nuestras creencias; que tienen fundamen– tos sólidos, inconmovibles, y no dependen de las opiniones humanas, ni de las fantasías o sen– timientos de los hombres. Repetición de actos. Las virtudes son hábitos; todo hábito se forma con la repetición de ac– tos; cuanto éstos sean más frecuentes y más fervorosos, el hábito se arraigará más. La fre– cuente repetición de los actos de fe, ya en ge– neral, ya respecto de una verdad particular, s2- gún que se solemnizan los misterios a ella refe– rentes, ya que nos encontremos con imágenes o símbolos que la representan, aumentará en nos– otros la fe. A este fin, es útil recitar con fre– cuencia el símbolo apostólico o el de la santa misa, que contienen los principales dogmas de nuestra fe; o decir brevemente: Creo, Señor, to- 153) Adauge nobis Jide1n. Luc., XVII, 5. «ALVERNTA» 25

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