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DÍA V.-(<DIES TREMORIS ET SPEI» 347 de Cristo, a recibir la corona que Dios te ha pre– parado para ;-;iempre (187). PasarCm años, siglos, edades... , todos cuantos cálculos podáis imaginar, y nosotros permaneceremos con Dios, gozando de su divina presencia. Estaremos siempre en su gratisima compañía (188). Pero, además, será un gozo eterno, sin cansan– cio. En este mundo, un gozo continuado llega a cansar... ; un manjar muy exquisito tomado con– tinuamente, llega a causar fastidio; una bellísi– ma obra de arte vista continuamente no impre– siona, no nos causa admiración. En este mundo las cosas mejores, con la continuidad de la vista o posesión suelen perder interés. No sucederá así en la eternidad. El alma nunca se cansará de ver a Dios, de contemplar su belleza, de disfrutar de su bondad. El alma no se fatiga en sus operacio– nes, porque es espíritu; el cuerpo, tampoco, por– que está revestido de las dotes sobrenaturales y perfectamente sujeto al alma. El objeto nunca cansa, nunca envejece, nunca se agota; porque es infinito. ¿Qnién se saciará viendo su glo– ria? (189). Dios es el fin de todos nuestros de– seos; le veremos sin fin, le amaremos sin fasti– dios, le alabaremos sin cansancio. Esperanza de la gloria. La esperanza es siem– pre motivo de opcración. El hombre se mueve mo– vido por la esperanza de conseguir el objeto de– seado. La esperanza de una buena cosecha esti– mula al agricultor a cultivar la tierra y regarla con sus sudores; la esperanza del lucro mueve al comerciante a viajar, negociar, afrontar di– ficultades y peligros; la esperanza del empleo, el destino... , mueve al estudiante a desvelarse y cursar una brillante carrera· la esperanza de la victoria anima al soldado para combatir valero– samente. Del mismo modo, la esperanza del pre- (1871 Vcni sponsci Christi accipe coronam, quam tíbi Dominus pracparm.•it in aterniun. Off. cliv. ele conim virg (188) Et sic Thes., IV, 16. (189) Quis .smuu11T.1JT eius? Eccli., XLII, 26.

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