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346 «ALVERNIA)J ---------- con la voluntad divina. No pueden querer ni de– sear más que la voluntad del Padre celestial, que sienta a sus hijos elegidos en el banquete celes– tial y les sac:a el hambre ele felicidad según los deseos de cada uno. ¡Oh banquete eterno y ban– quete superabundante!, ¿cuándo nos saciarás esta hambre infinita de feliciclacl? Satiabor, cum ap– paruerit... IV. LA BIENAVENTURANZA ES ETERNA En cualquier grado que se posea la gloria, siem– pre será eterna; de otro modo, no se podría ser completamente felices. El solo pensamiento de perder ese estado perfectisimo, aunque fuera des– pués de muchísimos aüos o siglos, seria un tor– mento, una tristeza incalculable. No; la gloria no terminará jamás; los justos no tendrán ese pen– samiento de temor; estarán seguros de su pose– sión eterna. Los justos, dice la Verdad infalible, vivirán eternamente (184). Creo en la vida eterna, decimos en el Símbolo. Es, pues, dogma de fe que nuestra vida del cielo no tendrá fin. En este mun– do, aunque uno disponga de todas las riquezas, honores, placeres que desee, al fln de su vida se verá obligado a dejarlo todo. Toda esa felicidad temporal, por muy grande que sea y se finja, siem– pre irá acompaüada de la brevedad del tiempo y del pensamiento de perderla, por lo menos a la hora de la muerte. En el cielo no sucederá asi. Nuestro gozo ninguno nos lo puede quitar (185). Nadie puede arrebatarnos esa margarita preciosa conquistada por los méritos de Cristo y nuestras buenas obras. Dios dice al alma que la desposará eternamente (186). Dios y los bienaventurados vivirán unidos para siempre con vinculo indi– soluble, con ósculo sempiterno. Ven, pues, esposa tl84) in pcrpctuum dvcnt. Sap., V, 16. ( 185) vestrum n<'mo tollet a vobis. Joann, XVI. 22. ( 186) Sponsabo te míhi in sempiternmn. Os., II, 10,
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