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334 ({ALVERNIAll que le represente, sino por Él mismo se une al [l]ma. La esencia divina, añade Santo Tomás, est quod intelligitur et quo intelligitur (151). Lo que se conoce y el medio por el que se conoce. En esta visión intuitiva el entendimiento humano. eleva– do por el lumen gloriae, contemplará extático la naturaleza divina, la eternidad de su existencia, la inmensidad de su grandeza~ la profundidad de su sabiduría. la eficacia de su poder, los rigores de su .iu~ticia. las ternuras de su misericordia, los rtrnct 1 vos de su bond::i.d, los encantos de su be– llEZa, los esplendorc~ de su gloria y todos los demás atributos de Dios. Hemos de advertir, sin embargo, que esta vi– sión, aunque inmediata, incomprensible, elevadí– sima, no es alJsoluta. adecuada. Veremos a todo Dios, pero non totaliter. Porque el bienaventu– rado. aunque se haga semejante a Dios, no se convierte en Dios; permanece siempre finito y limitado. incapaz de comprender totalmente el obieto infinito. Esto es exclusivo de Dios mismo. Attinqere aliquantulum mente Deum, maqna bea– titudo est, comprehenclere autem omnino im– vossibile, dice S. Agustín (152). Además de la visión inmediata, se da también la semejanza más perfecta posible entre Dios y el alma; nos haremos como dioses nor p'.1rticipación, retenien– do la propü, sustancia nos haremos semejantes 2. Dios. D'ce s. Juan: Sabemos que cuando se ma– nifestar{( seremos semejantes a Él (153). b) Bicnaventuran:::a volitiva. Para que la glo– ria sea completa, no basta que el entendimiento vea inmediatamente a Dios: es necesario que la voluntad le ame, le posea, le goce. El objeto de la voluntad es el bien. La experiencia nos de– muestra que cuando el entendimiento conoce lo verdadero, lo bueno y lo bello, la voluntad se lanz2. a su posesión. Cuanto mayor es la bondad 1151 l Thrnl., íbicl. { 1 r;'J, 0 f'T!J?O (: 5:31 Sci'ln1u-' 17. .5. nr. P J,., t. 38. col. 6G3. cum CIJJ]Jctruerít, simiics ei cri- mus. I Jocmn., III, 2,

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