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332 «ALVERNIA» Ya pasó el invierno, cesó la lluvia; levántate, amiga mía, y ven (144). En el cielo no sólo seremos exentos de toda pena, sino también de toda culpa. No podemos ofender más a Dios. La contemplación de la esencia divina nos hace impecables; no hay po– sibilidad de perder ln. gracia y amistad de Dios; estaremos en estado definitivo y eterno, como ve– remos más adelante. Ninguna criatura nos podrá separar de la caridad de Dios, del amor eterno, de la bondad suma. Sea cual fuere la raíz o el fundamento de la impecabilidad, acerca de lo cual difieren las escuelas, d hecho cierto es que no se separan de Dios por la culpa... Segunda propiedad de la bienaventuranza: In– clusión de todo bien. Seria poco excluir los ma– les de pena y culpa. Nuestra bienaventuranza no puede ser como la de una roca, que no siente que no tiene deseos ni apetitos que saciar. Nuestra bienaventuranza será consciente, viva, fruitiva. Hemos de gozar por la posesión de todos los bie– nes posibles y deseables; hemos de tener la sa– tisfacción completa de nuestros deseos y apeti– tos, de nuestros anhelos y aspiraciones... Prescin– diendo, por el momento, de la gloría que tendrá nuestro cuerpo después de la resurrección gene– ral, contemplemos la gloria del alma separada, el gozo que tendrá al entrar en la eternidad feliz ... a) Bienaventuranza intelectiva. El estado feLz del alma separada del cuerpo podemos conjetu– rarlo de la naturaleza de la misma alma; porque al entrar en el cielo no la pierde, sino que la conserva con todas sus facultades intelectivas intrínsecamente independientes de la materia, o sea: entendimiento y voluntad. Empecemos por el entendimiento. Siendo ésta una facultad de orden espiritual, cuyo objeto es la verdad, estará satisfecha plenamente, cuando posea la verdad summa, la verdad infinita, la (144) Iam hiems transiit, i1nber abiit et recessit; sur• ge amica mea et veni. Cant., II, XI.

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