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DÍA v.-:mms TREJl!ORIS ET SPEI)) 321 cer su debilidad, por la soberbia y presunción. Aunque sea necesario morir contigo, yo no te ne– garé (119); aunque los otros se escandalicen, yo nunca 020). Si ,hubiera considerado las palabras del Maestro, Vigilate et orate, ut non intretis in tentationem <121), el espíritu está pronto, pero la carne es flaca 022), quizá no hubiera prevarica– do. Consideremos a este hombre que confía en sí, que promete hasta morir por el Maestro, precipi– tarse de negación en negación: Non novi homi– nem... Jesús, olvidando sus humillaciones, sus sufrimi0ntos. atr'lve,ct'1do 01 rt 1 ·'0 0°1 pc1lacio. le mira: Respe.1:'it Petrmn ( 123); le mira con ter– nura de padre, co:i. bondad, con compasión, con infinita misericordia. Aquella mirada le penetrn el corazón, le llena de dolor, le hace llorar amar– gamente: flevit amare (124). Dice S. Agustín a este propósito: <<Pedro murió negando y revivió llorando; murió, porque presumió con soberbia de sí mismo; revivió, porque Jesús le miró benig– namente» (125). Más tarde le dará muestras y pruebas de amor, le confesará sin miedo y morirá por el Maestro. Jesús no constituye Jefe de la Iglesia a un inocente, sino a un pecador arre– pentido. Pedro se eleva por la soberbia, cae por la negación, se reconcilia con las lágrimas, con– fiesa con la prueba, es coronado de gloria, mu– riendo por Jesús misericordioso, que con dulzura materna le miró. 3. La avaricia de Judas. La Magdalena fué víctima de la lujuria; Pedro, de la soberbia; Ju– das, de la avaricia. Pero Judas n::i se convirtió. ¿Y por qué? ¿Fué, quizá por falta de misericor– dia por parte de Dios? Si no se convirtió no fué por falta de misericordia, sino por falta de con– fianza. Ahorcado, por desconfiado. Llamado como ( lllll Matth., XXVI, 35. (120) Ibirl, XXVI, 31. (121) Matth., XXVI, 41. (122) Ibirl., (12:l) Lu".. XXII, 61. (124) Ibid,, 62. (125) In Jomm, 7'ract, 123, n, 4, P. L., 35, 1967.

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