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320 «ALVERNIA)) Vamos a recordar tres pecadores víctimas de es– tas pasiones, y considerar en ellos la misericor– dia de Dios. l. La lujuria de M~aria Magdalena. Poco sabe– mos con certeza de esta mujer de Magdala, a la cual llama el Evangelio de S. Lucas pecca– trix t115). Estando Jesús a la mesa en casa de Simón el fariseo, se arrimó por detrás a los pies del Maestro, comenzó a bañárselos con sus lágri– mas y los limpiaba con los cabellos de su cabeza y los besaba, y derramaba sobre ellos perfu– me (116). Jesús, penetrando los pensamientos de Simón y las murmuraciones interiores, le repren– dió, diciendo que él no había hecho al entrar en su casa lo que hizo aquella mujer, y dijo a los presentes: Remittuntur ei peccata multa, quo– níam dilexit multum (117l. No dice porque ama mucho, sino porque ha amado mucho. Antes de ir a la casa de Simón el farise1 a buscar a Je– sús, ya le amaba, y en virtud de aquel amor que ya le tenía, se le habían perdonado muchos pe– cados. No se contenta con amar a Jesús interna– mente: quiere dar un testimonio sensible exter– no de que se ha convertido y le ama eficazmente. Jesús mismo la propone como modelo de la mu– jer penitente: Vides hanc mulierem? ¿Ves a esta mujer pecadora?, dice al dueño de la casa. Mira y aprende de una pecadora arrepentida cómo se debe adorar y amar al Redentor. que vino a bus– car lo que se había perdido .(118). 2. La presunción de Pedro. La Magdalena fué privilegiada después de su conversión: pero Pe– dro lo fué antes de caer. Había sido llamado al apostolado, era uno de los doce apóstoles; por tres años había asistido a la escuela de Jesús y habiR visto sus milagros, destinado a ser jefe de los otros y piedra fundamental de la Iglesia, pas– tor de la grey universal. Ahora cae por no cono- 1115) !bid, VII, 37. (1 lfil !bid, 3R. 1117i ,.,,,.., vn, 47. (118) lbtcl.

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