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DÍA V.-(<DillS TTIEJ\IORIS ET SPEDl 31 CJ sericordia de Dios. Es la parábola del hijo pró– digo: Era un padre que tenia dos hijos; un día, el menor le pidió la herencia; el padre se la dió, se marchó lejos y luego la gastó toda en una vida lujuriosa. Obligado por la necesidad, se pudo co– locar co:no pastor de cerdos, y deseaba llenar su estómago de bellotas que comían los cerdos, y nin– guno se las daba. Esta es una triste historia de todos los tiempos. El mundo est:i lleno de hijos pródigos; quizá nosotros lo hayamos también sido Vuelto en sí mismo, confrontando su vida pre– sente con la que tienen los siervos de su padre, dice: «Me levantaré e íré a mi padre, y le dirf: -Padre, pequé contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo, trátame co– mo a uno de estos jornaleros.» He aquí la gracia de Dios que le ha herido. Vuelve a la casa pater– na, el padre sale al encuentro, le abraza, se re– gocija, celebra el banquete. A las quejas del hijo mayor, responde el padre: «Hijo mío, tú siempre estás conmigo, y todos los bienes míos son tuyos; mas era muy justo el tener un banquete y regoci– jarc10s, por cuanto este tu hermano había muer– to, y he:, resucitado; estaba perdido, y se ha ha– llado» (114). Si en el momento del Juicio no po– demos tener la consolación de haber estado siem– pre con el Padre, como el hijo mayor, podamos tener la consolación del hijo menor, que, arre– pentido, entra en la casa paterna. ¡qué seamos por lo menos, de los penitentes reconciliados, rehabilitados, santificados y predestinados! 11. LA l\HSERICORDIA EN LOS HECHOS A la doctrina de las parábolas corresponde la rralidacl de los hechos. San Juan dice que son tres las principales concupiscencias que dominan e1 mundo: la lujuria, la soberbia y la avaricia. ( 114/ Luc., XV, II-32.

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