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DIA V Conferencia III (XVIII) DE LA MISERICORDIA DE DIOS Dos son las alas con las cuales el alma debe volar al Paraíso: el temor y la esveranza. El te– mor, lleno de confianza, para que no degenere en desesperación, y la esperanza, llena de temor para que no se convierta en presunción. Dice San Agustín: «Ninguno desespere y ninguno pre– suma de sí; las dos cosas son malas» (105). Para excitar a la esperanza ordenada y fundada, sirve la meditación de la misericordia de Dios. La virtud de la misericordia la define Santo To– más diciendo que es una compasión que sentimos en nuestro corazón por la miseria de otro y nos impulsa a socorrerle, si podemos (106). El dolor por la miseria de otro es una pasión considera– da e21 el sentido; es una virtud cuando procede del movimiento del apetito intelectivo, ordenado por la razón informada de la fe. La misericor– dia tiende a difundirse en otros y socorrer sus miserias. En la oración de la domínica 10 des– pués de Pentecostés, se dice: «Deus qui omnipo– tentiam tuam parcendo maxime et miserando manifestas.» Entre todas las obras de Jesucristo hacia nuestra indigencia, la principal y la más recomendada y digna de alabanza es la miseri– cordia (107). Con razón cantó el Salmista: Mi- (105) In .Joann. Tract, 49. n. 3. P. L .. 35, 1748. (100¡ s. Th., na, IIae, e¡. 30. (107) S. Bonaven t., Scrmo 2, Dom in. I post; Pent., t. IX. p. 349.
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