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DÍA V.-«DIES TREMORIS ET SPEI)) 311 les, callaba <9D. Se debe prestar la obra no relm– sando el sacrificio, el dolor, rl vencimiento, la sumisión, cuanto sea necesario p3ra realizar com– pletamente lo que se conoce ser voluntad de Dios... 3. Debe ser gradual. No todas las voluntades son igualmente fuertes. Ni todos poseen el mis– mo grado de virtud, ni tienen las mismas fuerzas para vencer los obstáculos. Se debe proporcionar el peso a las fuerzas. Por eso en el sufrimiento del dolor hemos de ir también por grados, sir– viéndonos primero de motivos más interesados, y luego motivos elevados y desinteresados... l.º Sufrir con paciencia la adversidad por la esperanza de los bienes celestiales, para purgar nuestros pecados, purificar nuestro corazón y do– minar nuestras malas inclinaciones. Sufrir con resignación, callando y sometiéndonos a las di– v:nas disposiciones sin murmurar y sin lamentar– se. Si pedimos que se aparte de nosotros el amar– go cáliz, pedirlo con la debida resignación y su– misión a la volu::itad de Dios. No se haga, Señor, lo que yo quiero, sino lo que Vos queréis... 2.º Abrazar los trabajos, adversidades, dolores para asemejarnos a Jesucristo, nuestra Cabeza. Recorrer con Él desde la cuna a la cruz el camino del dolor. Vivo crucificado con Cristo .(92). Me gloriaré en mis enfermedades para que habite en mí la virtud de Jesucristo ... (93). 3. 0 Desear y amar el padecer por Dios, a fin de darle gloria y salvar las almas. Jesús se ofre– ció a su Eterno Padre como victima por la sal– vación del mundo. Las almas grandes, generosas, aman, desean y hasta piden el padecer por imi– tar a Jesucristo, ofreciéndose víctimas de expia– ción por la gloria de Dios, la salvación de sus hermanos. Como los mundanos aman, los hono– res y las riquezas, la fama y la estimación, así estas almas privilegiadas aman todo lo contra– rio ... (91) Jesus autem tacebat. Matth, XXVI, 63. '92) Christo confixux sum cruci. Gal., II, 19. (93) Libenter igitur gloriabor in infírmitatíbu,S meis, iit inhabitet in me virtus Christi. II cor., XII, 9.

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