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304 «ALVERNIA» y a otros es n-.:::esaria absolutamente la pacien– cia para soportar con fruto la adversidad... e) Paciencia en las tribulaciones internas. Pa– ciencia en las grandes o pequeñas tribulaciones espirituales: arideces de espíritu, tentaciones, du– das o escrúpulos de conciencia, penas aflictivas, purgaciones del sentido y del espíritu y tantas otras penas interiores que sufren las almas que caminan a la perfección. En éstas y otras muchas circunstancias de la vida es necesaria la pacien– cia, si no queremos desesperarnos, airarnos y perder todos los frutos espirituales vinculados al dolor y a la adversidad. f) Es necesaria la paciencia para evitar los daños de la impaciencia. Si en el dolor nos impa– cientamos, nos causaremos no pocos daños. El que es impaciente padecerá el daiio, dicen los Prover– bio~ (74). Se perjudicará en la salud corporal, porque el mal humor, la irritación de nervios, la alteración de los humores, a la larga repercuten en el organismo. Se p2rjudicará el impaciente en el orden espiritual, porque además de ser la impaciencia un pecado en sí misma, es causa de otros muchos. El impaciente, con facilidad pro– rrumpe en murmuraciones, maldiciones, deseos de venganzas, odios, enemistades, imprecaciones. No tiene sosiego y tranquilidad para vacar a la oración, al estudio, a la presencia de Dios, a los ejercicios de piedad... El impaciente se hace insoportable a los demás. Por poca cosa se irrita, se molesta por una niñe– ría, cualquier palabrita dicha por broma o buena intención le ofende, no saben los hermanos cómo tratarle y huyen de su compañia. La impaciencia hace perder también fácilmen– te la buena fama; porque el impaciente y airado no reflexiona, toma determinaciones peligrosas y poco meditadas, obra con frecuencia bajo el im– pulso de la pasión, de la ira, de la irritación, que (74) Qui impatfrns cst, , ustincbil rlmnnum. Prov., XIX, 10.

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