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292 ({ALVERNIA)) deben continuar eternamente. Esa mala voluntad en que continúa el pecador exige el castigo con– tinuado. Luego el castigo es eterno; porque Dios castiga eternamente; y castiga eternamente por– que el pecado pennanece eternamente; y perma– nece eternamente porque no es ya posible un :urepentimiento saludable. San Buenaventura di– ce: <<La pena infernal debe ser perpetua, porque el pecado que uno cometió y del cual nunca se arrepiente, dura perpetuamente en el alma y ie separa de la vida eterna, que es Dios. Como la voluntad después de la muerte se adhiere siem– pre al mal sin penitencia, así Dios aflige siempre sin mutación de la sentencia (57). Oigamos tam– bién al Doctor Sutil: «Para los que murieron en pecado mortal no habrá redención; porque la pe– na eterna que por ellos merecieron nunca podrá ser conmutada en temporal» (58). Allí no puede haber cambio; existiendo en ello siempre la cau– sa de su condenación, que es el pecado grave en que murieron, debe existir también la pena co– rrespondiente. Después de la muerte no puede haber retractación de la voluntad, eternamente permanecerá obstinada en el pecado, y, por tan– to, eternamente será también castigada con la pena merecida. La voluntad separada libremente del Bien Supremo en vida permanecerá separa– da eternamente del mismo después de la muerte. Si la pena no fuera eterna, en último térmi– no, el fin de los buenos y de los malos sería igual. Supongamos que después de un largo periodo de tiempo, de siglos y siglos, si se quiere que se termi– nen los sufrimientos de los condenados y que va– yan al cielo como los justos, el término final será el mismo; sólo existiría diferencia de tiem– po. A este propósito dice S. Jerónimo: «Finge los años que auieras, multiplica los tiempos; si el fin es para todos igual, lo pasado no se reputa por nada; porque no buscamos 1o que fuimos, sino ,571 Lreci/oq,, part. VII. cap. VI, t. V, I), 288. (58) Lib. IV Sent.. ctist. XXI, e¡. 1, nn. 3, 6, t, XVIII, pp. 702, 703, 708; ect. L. Vives, Parisiis, 1894.
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