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282 «ALVERNIA» el bien infinito, el único objeto de su felicidad, todo el bien y el solo bien que podía disfrutar después de su muerte. Esa pena se explica también por la tendencia que conserva el alma hacia la felicidad. El hom– bre tiene sed del bien infinito. Como el ciervo he– rido y sediento desea las aguas frescas y crista– linas, así el hombre anhela el bien infinito; como la piedra. tiende a su centro, así el hombre tiende a su centro, que es Dios. Los condenados cono– cerán que sólo Dios puede saciar los deseos de fe– licidad, que sólo Dios les puede hacer felices, que sólo Dios les puede consolar; pero al ver que ese objeto tan anhelado no lo pueden conseguir, que de esa felicidad jamás podrán disfrutar, forzosa– mente tienen que sufrir una pena inexplicable. En este mundo, b:en que no se puedan saciar com– pletamente las potencias del hombre; sin embar– go, pueden disfrutar una felicidad parcial y pa– sajera en los bienes creados; ,en el infierno ni tienen el bien infinito ni los bienes finitos; por– que serán privados de todo bien, de toda gracia, de toda virtud, de todo don sobrenatural, de toda fruición divina y humana. El pecador despreció el bien supremo en este mundo, y tendrá un do– lor supremo en el otro; arrojó todo bien eterno, y tendrá una desesperación eterna; rechazó la luz increada, y tendrá las tinieblas sern1]iternas; des– preció la felicidad infinita, y tendrá el remordi– miento su1]remo. Allí experimentará cuán amargo es haber aban– donaclo a su Dios (32). A la privación de Dios si– gue la obstinación en el mal. Los condenados ya no pueden hacer penitencia saludable, tener un arrepentimiento fructuoso, obrar actos meritorios. Se duelen, sí, pero es por el tormento que sufren, no por la contrición de la culpa. Están en un estado definitivo, y perseverrrrán eternamente en el estado moral en que les sorprendió la muerte; no son capaces de retractación. ¡ Oh, qué tormento conocer el mal que han perdido para siempre sin (32) Amarum est reliquisse te Dominmn. Jerem., II, l9.

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