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DÍA V.-(<DIES TRE!l10RIS ET SPED> 281 I) Pena. ele cla.110. Esta pena se manifiesta en aquellas palabras que el Supremo Juez lanzará a los condenados: Apartaos ele Mi, malditos (29l. Jesucristo, lo pri– mero que hace al pronunciar la sentencia es apar– tar los réprobos de su presencia, arrojarlos lejos de Sí. El pecador, cuando comete la culpa, dice prácticamente a Dios: Yo no te amo, yo no te quiero servir; prefiero mi voluntad a la tuya; el bien finito, al bien infinito... Y ahora Dios le con– testa: Yo tampoco te conozco, no sé de dónde vienes, quién eres; apártate de Mi, operario de iniquiclacl (30). Tú me despreciaste, Yo te despre– cio; tú te separaste de Mi, Yo me separo de ti; tú no me serviste, Yo tampoco te premio ... La privación de Dios se llama pena de daño, no porque las otras no sean penas que dañen, si– no porque es la pena principal. En comparación de ésta, las otras no revisten importancia. Con esta pena esencial basta para constituir un in– fierno verdadero y terrible; sin ella, las demás no bast::m. En este mundo no es fácil comprender la grandeza de esta pena, por el poco conocimiento que tenemos del bien infinito y por la distancia que nos separa de su posesión. Nos sucede como a los niños cuando tienen poco o ningún conoci– miento de la vida, que no sienten la pérdida de sus padres; pero cuando son adultos se dan más cuenta de la ausencia de los seres queridos. De– jad que el alma esté libre de las ligaduras del ~uerpo, dejad que se descorra el velo de nuestra ig– norancia después de la muerte; entonces cono– cerá el alma el bie::i que ha perdido, la privación del objeto .de su felicidad. La pena será propor– cional al objeto perdido. Santo Tomás dice que es infinita, porque es la pérdida de Dios infini– to (31). El alma verá claramente c¡ue ha perdido (29) Matth., XV, 41. 130) Nescio vos unde sitís: discedite a me omnes uperarii iniqiiitatis. Lile., XIII, 27. (31) Ia, IIae, q. XCVII, a. 4. «ALVERNIAll 19
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