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276 ((ALVERNIA» --------------------- También manifiesta esta doctrina en muchas de sus admirables parábolas, por ejemplo, en la del grano y la cizaña ( 13) ; en la de la red llena de peces buenos y malos (14); en la del festín de las bodas reales, a los que no se presentan con vestido nupcial (15); en la de las vírgenes pru– dentes y necias (16); en la de los talentos (17), y en la del rico Epulón y el mendigo Lázaro, que antes hemos referido (18). En todas ellas se indi– can dos clases de hombres, buenos y malos; dos destinos, uno para los elegidos y otro para los réprobos; dos lugares, uno de felicidad y otro de infelicidad. En el gran discurso escatológico, cuando Jesús describe el fin del mundo y hace la separación de los buenos y de los malos, a aquéllos les dice: Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino de los cielos que os tiene preparado desde la consti– tución del mundo; y a éstos: Apartaos, malditos, id al fuego eterno, que está preparado para el dia– blo y sus ángeles (19). Sentencia terrible, defini– tiva, sin apelación, sin amnistía. Los Apóstoles continúan las mismas enseñan– zas del Maestro infalible. Unas veces implícita, otras explícitamente, amenazan con el castigo eterno; exhortan al cumplimiento de la Ley, po– niendo delante los premios y las penas. Frecuen– temente, las Epístolas hablan del infierno y del cielo. El libro del Apocalipsis cierra el Nuevo Testamento con esa gran descripción que nos hace S. Juan, de la Jerusalén celestial, y nos dice los que serán escritos o borrados del libro de la vida (20). Continúa a través de los siglos la Tradición de (13} lllatt., XIII, 24 y sigs. (14) Matth., XIII, 47 y sigs. (15} M atth., XXII, 1 y sigs. (16¡ Matth., XXV, 1 y sigs. (17) Matth., XXV, 14 y sigs. (18) L1LC., XVI, 19 y sigs. (19) Discedite a me maleclicti in ignein aetern1Lm, Q1li parat11s est diabolo et angelis ei1Ls. Matth., XXV, 41. (20) V. M. Richard, en Doctionnaire de Théologie Ca– tholiq11e, t. V. P. L

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