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DIA V Conferencia I (XVIl DEL INFIERNO Discedíte a me, inaledicti, in ignein aeternum. Apartaos de Mí vosotros, los mal– ditos, al fuego eterno. (Matth., XXV, 41.) En este mundo se dividen los hombres en dos ciudades: la ciudad de los buenos y la de los ma– los, de los seguidores de Cristo o de Belial. A es– tas dos ciudades corresponden otras dos en el otro mundo: la ciudad del gozo de los elegidos y la ciudad doliente de los réprobos; el cielo, para los bienaventurados, y el infierno, para los con– denados. El cielo y el infierno son los dos polos opuestos de nuestros destinos; el hombre oscila todP, su vida entre estas dos eternidades: feliz o desgraciada. El dogma del cielo alienta a la vir– tud con la esperanza del premio. El dogma del infierno aparta del pecado con el temor del cas– tigo... Estos dos estados definitivos nos manifiesta nuestro divino Salvador en la parábola del rico fp:ilón y del mendigo Lázaro. Refiere S. Lucas CJUE- «había un hombre rico que vestía de púrpura y seda y comía todos los días espléndidamente. Había también otro pobre, por nombre Lázaro, que permanecía a su puerta lleno de llagas, de– seando comer de las migajas que caían de la me– sa del señor, pero ninguno se las daba; solamente venían los perros y le lamían las heridas. Suce– dió que murió el mendigo, y fué transportado por

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