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264 ((ALVERNIAJ> --------- para Satanás 11 sus ángeles (148). Apartaos de mi presencia, de vuestro Redentor, de vuestro Dios, de vuestro supremo fin... Apartaos de to– dos vuestros parientes, amigos y placeres ... Apar– taos de toda consolación y de toda esperanza. Descended al infierno, donde hay llanto y crujir de dientes (149). ¿Quién puede concebir la terri– ble desolación de los condenados? Sin discusio– nes y sin tardanzas, inmediatamente cada grupo irá a sus respectivos destinos: Irán los condena– dos al su]Jlicio eterno, y los justos, a la vida eter • na (150). Qui sum miser tune dicturns?-quem patronum rogaturus-cum vix justus sit secu– rus (151). ¿Quién no tiembla al considerar esos terribles momentos de la sentencia final e irre– vocable? ¡El horrendo Discedite a me, maledicti! ... Tres cosas son temibles sobre manera: la sali– da del alma del cuerpo, el encuentro con el di - vino Juez y la declaración de la sentencia. ¿Quién, pensando en estas tres cosas, no tiembla de es– panto? ¿Quién será tan obstinado y duro, dice S. Bernardino de Sena, que oyendo los peligros y los dolores que amenazan al pecador, si los me– dita, no se disponga a recibir la gracia divi– na'? (152). Meditemos con frecuencia el juicio tanto par– ticular como universal, las cosas que les prece– derán, los particulares que les acompañan y las consecuencias que les siguen. Recordemos las pa– labras de S. Pablo, que llegará un día en que es necesario presentarse ante el tribunal de Cristo para que cada uno refiera lo que hizo, ya sea bueno, ya sea malo (153). ¿Quién ])Odrá estar de- (148) Dísceclite a me maledicti in ignem aeternmn, qui paratus est diabolo, et angelis ejus. Matth., XXV, 41. (149) lbi erit fletus, et stridor dentimn. Luc., XIII. 28. (150) Et ibunt hi in suppliciuin aeternwn: just-i au- tem in vitam aeternam. Matth., XXV, 46. ( 151) Dies irae... (152) Sermo 15, in principio, t. I, p. 60. (153) Omnes enim nos manifestari 011ortet ante Tri· bunal Ghristi, ut referat unusquisque propria corporis, pro1tt gessit, sive bonum sive malum. II Cor.. V, 10.
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