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250 (( A L V E R N I A )) tiempo de los reatos de los pecados; o la preci– pitará con los réprobos en los tormentos eternos del infierno. El trilema es completo, y no puede haber otra solución. 3. Si la meditación de la muerte es medicina para sanar las heridas de nuestra alma, el jui– cio será un medio, no menos poderoso, para pre– servar de la culpa nuestra corrompida naturale– za. El pensamiento de que hemos de rendir es– trecha cuenta de nuestra vida al Juez de vivos y muertos será un freno fuerte para conte– ner nuestras pasiones dentro de los limites de la rectitud. Dice S. Buenaventura: «Debes sa– ber, oh alma, que si meditar sobre la muerte es horrible, pensar en el Juicio no es menos formi– dable» ( 102). 4. Dios es un ser p2rfcctísimo en todos los órdenes y no puede carecer del atributo de la justicia. Una santidad infinita no puede menos de premiar lo bueno y castigar lo malo. El Señor, dice el Profeta, es justo en todos sus cami– nos (103); amó la justicia JJ odió la iniqui– dad ( 104); 1:;l SefíOr es justo, y su juicio recto (1051. La justicia de Dios se manifiesta en éste y en el otro mundo. Por el momento prescindimos de las manifestaciones de la justicia divina en esta vida y consideramos sólo las manifestaciones de la justicia de Dios que seguirán después de la muer– te. La primera se hará al término de nuestra existencia, inmediatamente después de la muer– te, la cual constituye lo que llamamos juicio par– ticular. La segunda manifestación pública y so– lemne se verificará al fin de los tiempos, después de la resurrección general, y constituirá el Juicio universal. Consideremos primero el juicio par– :icular y después el Juicio universal. (102) Opcr. Onm., t. VIII, Soliloq, c. III, párr. 2. n. 5, }). 53. (103) Justus Domüzus in omnilJus ciis suis. Ps. CXLIV, 17. (104) Dilexisti juslitiam et orlisti iniquitatem. Ps. XLIV, 8. ( 105) Justus es Dominus; et rectmn juclicium tmim. Ps. CXVIII, 137.
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