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DÍA IV.-«nms 'l'IMOR!Sl) 247 me conforta (95). El temor del sacrificio, las des– ilusiones, los fmcasos, las caídas, los defectos, no han de doblegar una voluntad firme, fuerte, enérgica y constante. De las caídas y defectos es necesario aprender a humillarse del pasado y pre– caverse para el porvenir. C'onclusión.-Hemos de v.1vir persuadidos que en cualquier estado de la vida es nec2saria la mortificación para reprimir las depravadas concu– piscencias de la corrompida naturaleza, y que ninguno se salvará si no hiciere penitencia (96). El dolor y el sufrimiento nos acompañan de la cuna al sepulcro; en todos los momentos de la vida nos encontramos con la cruz delante. Con– vencidos de que la cruz ha de ser nuestra fiel compañera, debemos abrazarnos con ella y lle– varla hasta la cima del calvario. ¿Qué estado, qué edad, qué tiempo, qué lugar, qué condición se vió jamás exenta del sufrimiento? El dolor es una triste realidad que comprende a todos, en mayor o menor intensidad. Por dondequiera en– contraremos cruces, con ellas damos cuando las huimos; cuanto más se huye más no persiguen. Nos conviene, pues, resolvernos, abrazarnos, con la cruz, con la abnegación, con la renuncia, con la mortificación, con la crucifixión y con la muer– te mística. Esta vida es dura, pero muy meritoria; parece triste, pero es alegre. Leed las vidas de los santos y veréis las mortificaciones que voluntariamente ellos se imponían o las cruces que Dios les en– viaba. En medio de sus mortificaciones y de sus cruces, conservaban la calma, la paz, la alegria, la santa resignación y conformidad a la volun– tad de Dios. Aún más: llegaron a amar la cruz, desearla, pedírsela al Señor, y les parecían días perdidos cuando no habían tenido que sufrir na– da. Conocían el valor de la mortificación y de la (95) Omnia possum in ea qui me oonfortat. Phil., IV, 13. (96) Nisi poenitentiam habueritis, omnes similiter pe– ribitis. Luc., XIII, 3.

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