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238 ((ALVERNIAll rren personas más mundanas que virtuosas. Pe– ro cuando la necesidad, la caridad o las pru– dentes exigencias sociales reclamen la presencia de un sacerdote o religioso, debe ser modelo de moderación y modestia, dando a todos el ejem– plo que exige la santidad de su estado de per– fección. Eiemulo admirable de mortificación tenemos en s. Francisco. del cual dice Celano: «Tanta era la rigidez de la disciplina con que mor– tificaba los apetitos sensuales, que apenas to– mab3, lo necesario nani sustentar la naturalez'.J. Decía que es difícil satisfacer la necesidad del cuerpo sin condescender con las inclinaciones de los sentidos. Por esto, estando sano, apenas y rara vez admitía al'.mentos cocidos; cuando los reci– bía, o les echaba ceniza o el condimiento lo mez– claba con agua para hacerlo insípido. ;.Qué diré del vino. cuac1do ni siquiera apenas bebía el agua suficiente nara apagar el ardor de la sed? Siem– pre encontraba maneras de mayor abstinencia, y rotidianamente crecía en su ejercicio; aunque había llegado a la cumbre de la perfección, se co':lducía como un incipiente inventando alguna cosa. nueva, castigando con aflicciones su car– ne (88). 5. 0 Mortificación del tacto.-Este sentido se extiende por todo el cuerpo; es el más vil y el más pernicioso sí no sé: custodia debidamente. Lo que s'" dice de la mortificación del cuerpo. en general y acerca de la custodia de la castidad. es aplicable a la mortificación de este sentido; por tanto, no nos detenemos aquí por extenso; sólo indicamos que el sacerdote y religioso deben tratar su cuerpo como un vaso consagrado al culto divino. Su cuerpo ha sido consagrado a Dios por el voto de castidad y no deben profanarlo en usos que no se dirijan directa o indirectamente a Dios. La persona mortificada y prudente se ~uarda de ,todo tacto innecesario a sí mismo y a los demás: sólo se permite lo que la necesidad o i 88) Thom. Celano, I, cap. XIX, n. 33.

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