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DÍA IV.-((DIES TIMORIS)) 237 dez de la mente» (84). Jesús nos dice que procu– remos no grabar nuestros corazones en la crá– pula y en la embriaguez» (85). La inmoderación en la comida y bebida impide vacar a la ora– ción; el religioso que busca los deleites del gus– to se priva de los deleites puros de Dios. Es de observar que no a todos se les puede medir con la misma medida, porque hay naturalezas que necesitan más que otras para el cumplimiento de sus deberes, y no todos gozan de la misma salud y robustez para llevar los rigores de la mor– tificación. San Francisco, siempre discreto, decía: «No queráis juzgar a los hombres que viereis vestidos de vestiduras blandas y de color y usan manjares y bebidas delicados; mas cada uno juz– gue y menosprecie a sí mismo» (86). Debemos comer y beber con el fin de conservar la salud para servir a Dios y trabajar en bien de nues– tros prójimos; con agradecimiento al Señor, que nos da el pan nuestro de cada día; con humil– dad, reputándonos indignos de los alimentos que tomamos; con sobriedad, no pasando de la justa medida que exige nuestra naturaleza y el cumpli– miento de nuestros deberes; con mortificación, privándonos de alguna cosa que más guste por amor de Jesús, comiendo algo desagradable al paladar, recordándose que a Jesús se le dió hiel y vinagre en la cruz (87), dejando algo para los po– bres de Cristo. Las almas fervorosas encuentran siempre modo de mortificns9 sin perjudicar la salud. Para mayor seguridad y mejor acierto, es conveniente aconsejarse del confesor o director, de tal modo que no se falte ni por exceso ni por defecto. Los eclesiásticos y religiosos, en cuanto puedan, deben rehuir la asistencia a los grandes banque– tes, donde se come y bebe opíparamente y concu- (84) S. Thom., II, II, q. 148, a. 6. , 85) Attendite vobis, ne /arte grarcntur corda vestra in crapula et ebrietate. Luc., XXI. 34. (86) Re111i!., cap. II. (87J Matth., XXVII, 24,

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