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DÍA rv.-«DIBS 1'I!VlORIS)) 235 ------- --··-·--- ------- Evita las conversaciones de los ociosos. charla– tanes, murmuradores, deshonestos, actuladores, chismosos, mu;ndanos y secularescos; procura, al contrario, la conversación de los fervorosos que tratan cosas de ciencia y de virtud, de apostola– do, de misiones, de los intereses de la Iglesia y de la Orden. Acude con diligencia a escuchar los sermones, las pláticas, las conferencias, las lec– ciones de ciencia eclesiá,,,.ca, todo cuanto pueda servirte para perfeccionar tu inteligencia y au– mentar la perfección. Oye también con humil– dad y paciencia las admoniciones, correcciones, mandatos e instrucciones de los confesores y su– periores. 3.º Mortificación del olfato. Este es el sen– tido menos peligroso y más inocente, pero tam– bién se debe moderar según la recta razón y los principios de la fe. Los cristianos que tratan de perfección y las personas consagradas a Dios nunca deben usar perfumes y esencias en sus habitaciones, en sus vestidos o en su persona. La fragancia del cuerpo y de los vestidos arguye un ánimo afeminaao. Es necesario el aseo y la limpieza de la persona y de los vestidos, porque la pobreza nunca debe separarse de la limpieza, pero es contrario a la dignidad y seriedad reli– giosa usar de los cosméticos y esencias como las gentes del mundo. Procura que con la fragancia de tus virtudes seas de buen olor a Cristo, a los ángeles y a los hombres. Cuando los aromas de las flores te recrean, haz lo que hacía el seráfico Padre, que luego se elevaba con la consideración a la hermosura de aquella flor que nació en tiem - po invernal de la raíz de Jesé, y con cuyo olor resucitó innumerables millares de muertos (8J). Se puede mortificar el olfato sufriendo los olores desagradables y pestilenciales, principalmente en la asistencia de los enfermos, como se cuenta del Padre S. Francisco, que antes de su conversión se alejaba de· los leprosos y tapaba sus narices para no percibir el olor repugnante de los apes- (80) Thom. Ce!ano. I, cap. XXIX, n. 81.

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