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DÍA IV.-<<DIES TIMORIS)l 2Hl V. ENSEÑANZAS DE LA l\UJERTE Es cierto que hemos de morir una sola vez; no sabemos cuándo, dónde, ni cómo. La muerte de los justos será buena; la muerte de los pecado– res será pésima. De las precedentes considera– ciones debemos aprender las lecciones que nos da la muerte. La muerte nos enseña, en primer lugar, a huir del pecado. Acuérdate de tus postrimerías y no pecarás jamás. La memoria de la muerte debe ser como un poderoso freno para vencer las ten– taciones, despreciar los honores, las vanidades y placeres. Consultemos todas las cosas con la muerte y no nos engañaremos; ella nos servirá de norma en muchas dificultades, en la solución de muchos negocios. ¿Qué haria yo en la hora de mi muerte? ¿Cómo resolvería esta cuestión? ¿Me arrepentiré de esta acción a la hora de mi muerte? La muerte es una gran maestra de la vida; el bien vivir se aprende del bien morir. Debemos vivir como quisiéramos haber vivido en el último momento. La muerte incierta y pronta nos enseña a estar siempre preparados. En la hora menos pensada vendrá la guadaña de la muerte, que nos puede segar en flor; su rayo destructor nos puede he– rir cuando más descuidados estemos. ¿Cuál debe ser nuestra precaución contra el peligro? Estar siempre preparados, tener las lámparas encendi– das; es decir, el alma en gracia de Dios. Es sa– ludable preguntarse con frecuencia: Si éste fuese el último mes, el último día, ¿qué no haría para prepararme bien? Pues lo que crees posible, pue– de realizarse, y aunque no se verifique ahora, ciertamente se verificará. Ejercitaos, pues, en fre– cuentes actos de contrición; nunca os acostéis en pecado mortal; luchad contra todos los ene– migos de la gracia; con temor y temblor, obrad vuestra salvación eterna; porque una sola cosa es necesaria: salvar el alma.

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