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DÍA r</.--<<DIES TIMORIS>l 213 tró el Esposo, cerró la puertas y cuando volvie– ron les respondió: No os conozco (22). No nos engañemos ni con la salud, ni con la edad, ni con los médicos, ni con los remedios... No digáis: ahora no hay que temer; ahora estoy seguro; porque entonces os puede herir el rayo de la muerte (23). Cuando creían tener paz y seguri– dad, entonces les sobrevino la muerte repen– tina (24). b) ¿Dónde moriremos? La muerte nos sigue a todas partes. ¿Dónde nos herirá con su golpe fa– tal? En todas partes está el peligro; no hay lugar seguro. El sacerdote puede morir en la iglesia celebrando misa, en el confesonario administran• do los sacramentos... El abogado puede morir en la audiencia defendiendo un pleito; el juez, pro– nunciando una sentencia; el lascivo, en el lugar del crimen; la joven, en brazos de su amante; el joven, en el lugar de divertimiento... Se pue– de morir sobre la tierra, en el mar, en el aire; en los viajes, en el campo, en la casa, en la cama. Como no hay lugar donde no esté Dios, tampoco hay lugar donde no se pueda morir. ¿Cuántos ejemplos pudiéramos citar de personas amigas y conocidas que les ha sorprendido la muerte donde menos se pensaba? ¿Cuántos accidentes no suceden en tierra, mar y aire? Dios es el due– ño absoluto de la vida, y puede quitárnosla cuán– do y dónde le plazca... c) ¿Cómo moriremos? La muerte puede ocu– rrir de mil maneras. Lo mismo puede suceder una muerte repentina que una muerte causada por larga y penosa enfermedad. Una causa externa, un accidente de viaje, un terremoto, una epi– demia, una enfermedad interna, un ataque car– díaco... , pueden causarnos la muerte. Hasta la misma medicina propinada incautamente puede ocasionarnos la muerte. No sabemos de qué en– fermedad, ni de qué modo y manera moriremos. (22) Matth., XXV, 1-13. (23) II Reg., XXII, 15. (24) Cum enim dixerint pa.x et securitas, tune re– pentinus eis superveniet interitus. I Thes., V, 3.
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