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DÍA lV,-«DIES TIMORIS)) 211 llegue, ninguno podrá detenerla, ni retardarla un día, una hora, un minuto. Ni las súplicas, ni los dolores, ni las lágrimas, ni los amigos, ni los po– derosos de este mundo, pueden detener:a un mo– mento. ¿Cuántos años, cuántos meses, cuántos días te restan de vida? Finge las hipótesis que quieras; supónte que has de llegar a una longevidad ex– traordinaria, como los antiguos patriarcas. Todos esos años que tú finges, todo esos siglos que tú gratuitamente supones, pasarán veloces, y te pa– recerá que tu vida ha sido como un sueño. ¡ Oh insensatez de los hombres! No consideran que sus afias son como el agua que se desliza (18). ¡ Oh Dios mío! Creo que he de morir, porque la muerte no exceptúa a ninguno de los morta– les. Creo que he de morir una sola vez, porque está decretado que el hombre muera una sola vez. Creo que he de mor¡r pronto; porque el tiempo pasa velozmente y los días del hombre sobre la tierra son breves. Estas son verdades evi– dentes, de las cuales nadie puede dudar. Yo es– toy convencido de ellas, ¿p2ro mi conducta está siempre en conformidad con esas convicciones? ¿Reflexiono con frecuencia en las certidumbres de la muerte? III. INCERTIDUMBRES DE LA MUERTE Tres incertidumbres tiene la muerte que nos deben hacer temer y temblar. Es cierto que mo– riremos una sola vez, y muy pronto. Pero, ¿cuán– do?, ¿cómo?, ¿dónde? Tres preguntas a las cuales ninguno puede responder sin especial revelación de Dios. a) ¿Cuándo moriremos? ¿A qué edad morirás? ¿En la niñez, en la juventud, en la ancianidad? No lo sé; porque mueren los niños, mueren los ( 18) Omnes morimur, et r¡iwsi ac¡uae clilabimur in terram. II Ileg., XIV, 14.

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