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CAP. V.-DEL SHINTOÍSMO 613 prehistoria de la casa imperial se enlaza estrechamente con el mito de la génesis de los dioses. Para los shintoístas todo está divi– nizado, el cielo y la tierra con todos sus elementos. Amaterasu, diosa del sol y soberana del cielo, es la principal divinidad y la augusta madre de la dinastía imperial. A las divinidades se les denomina comúnmente Kami, que designa lo que está sobre lo más alto. Distinguen dos categorías: los dioses de la naturaleza y los dioses de los hombres. Los pri– meros son personificaciones de las fuerzas naturales o de objetos, como la luz, el fuego, los ríos, los mares, etc. Los segundos son deificaciones de los hombres célebres, de los antepasados y de los héroes de la época mítica. Los dioses del Shinto están lejos de ser figuras nobles e íntegras; tienen las mismas debilidades de los hombres, se multiplican extraordinariamente y el panteón japo– nés aumenta sin medida. c) El culto se manifiesta en oraciones que dirigen a los dioses del sol, del viento, a la diosa de los alimentos, de la cocina, etc. Los santuarios destinados al culto se llaman Miya y son muy simples en su construcción. En el santuario nacional se honra– ban los antepasados divinizados de la familia imperial y se con– servaban los tres tesoros que habían legado a sus descendientes: el espejo, el sable y la alhaja. de la casa soberana. Una hija del Mikado ejercía el oficio de sacerdotisa (1). El culto generalmente se ejerce por los bonzos, los cuales no forman una casta aparte, como los bonzos budistas, y pueden ser casados. Los ritos del culto shintoísta se reducen a sacrificios, oblaciones, preces en su lengua arcaica, purificaciones, lustraciones corporales y bulliciosas diversiones populares con representaciones teatra– les (2). Hacia mediados del siglo v I después de C. penetró, por medio de Corea, el budismo en el Japón, con todo su bagaje de doctrina. Al principio encontró alguna oposición, pero, adaptándose con faci– lidad al medio ambiente, luego adquirió carta de ciudadanía en todo el país, ejerciendo poderosa influencia en la vida política, social, intelectual y literaria. Como hemos indicado arriba, el shin– toísmo y el budismo penetraron en los palacios de los magnates y en las chozas de los pobres con sus creencias, sus cultos y sus bonzos, cuya fusión se extiende hasta el 1700 p. C. y llena una parte considerable de la civilización japonesa. El budismo japonés se ha dividido en innumerables sectas, las cuales, junto con la doctrina del Shinto, han formado un eclecti– cismo religioso muy superficial, que va degenerando en un agnos– ticismo incrédulo y sistemático. (1) Cfr. J. DAHLMA:,;x, Las religiones del Ja.pón. en CJ,ristus, p. J\JJ. (21 Cfr. DAHL,rAxx. o. c.. 232.
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