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332 P. II.-MISIONOLOGÍA JURÍDICA una inmolación perpetua por la gloria de Dios y bien de las al– mas. A él más que a ninguno son aplicables las palabras de la Escritura: Semper mortificationem Jesu incorpore nostro circum– ferentes (20). Si quis vult venire post me, abneget semetipsum, tollat crucem suam et sequatur me (21). El misionero necesita gran dosis de abnegación y sacrificio para dejar parientes y patria, marchar a lejanas tierras, hacer penosos viajes, vencer las dificul– tades de la lengua, del clima, de los alimentos, de las costumbres ... Padecer hambre, sed, cansancio, persecuciones y, a veces, hasta la misma muerte. Exponerse con frecuencia al peligro de los antro– pófagos, de las fieras, de los elementos, de las enfermedades, etc. Y todo sin que tenga más testigos que el secreto de su conciencia, el silencio de la selva, el Angel de la Guarda que le guía y le sonríe, y Dios, que escribe el gran premio en el libro de la vida. Además de estos sufrimientos, se encontrará muchas veces con la obstinación de los paganos, las contradicciones de los hombres, las traiciones de los herejes, la inconstancia y deserciones de los nuevos cristianos, la infecundidad de sus trabajos, etc. Pero el misionero celoso y valiente dirá con David: Dominus illuminatio mea et salus mea. Quem timebo? Dominus protector vitae meae, a qua trepidaba? (22). Y renacida la esperanza en su corazón atri– bulado, sentirá la fortaleza del Señor que le impulsará a decir: Omnia possum in eo qui me confortat (23). No será coronado sino el que luchare legítimamente hasta el fin (24); y la victoria final será la del misionero de Cristo Redentor. 446. 3. La oración.-Ni el que planta, ni el que riega es algo; sino Dios que da el incremento, dijo el Apóstol (25). Pero Dios de ordinario no hace crecer la semilla, si no es regada por medio de la oración. Para que se plante, se extienda y se arraigue por todo el mundo la Iglesia de Cristo, es necesario clamar todos los días: Adveniat regnum tuum (26). La oración de los niños ino– centes, de las almas religiosas y santas, de los fervorosos cristia– nos, de los misioneros y de los mismos convertidos, atraerán las bendiciones y la fecundidad sobre el campo misional. La oración será la mejor guía del misionero, donde encontrará paz, aliento, fortaleza, consuelo, confianza, celo y eficacia en el ministerio. El misionero, en la oración tiene uno de los medios más eficaces para mover a Dios a fin de que dé incremento a la mies. A este propósito escribe el misionólogo P. Tomás de Jesús: «Vir apos– tolicus Franciscus Xaverius millia hominum Christo peperisse le- (2Vl II Cor., IV, 10. (2ll Matth., XVI, 24. (22) Psat., XXVI, l. (23) Phi!., IV, 13. (24) Phil., IV, 13. (25) I Cor., III, 7. (26) Matt11., VI, 10.

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