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CAP. IT.-FINES DE LAS MISIONES 321 muchos son los obstáculos que puede haber, pero quizá en ciertos casos no se ha hecho el debido esfuerzo para fomentar las voca– ciones y se ha tenido ligereza en la formación de los candidatos. En cuanto a su formación, Pío XI, en su Encíclica Rerum Ecclesiae, ha dado normas sapientísimas, cuyo cumplimiento es suficiente para formar dignos y excelentes sacerdotes. Entre otras cosas, dice: «Que se alisten en tal abundancia que pueda atenderse a la dilatación de la fe, al régimen de Diócesis y de Parroquias; que cuantos están al frente de las Misiones procuren imitar a aquellos que han erigido Seminarios Centrales; que infundan en los aspirantes la santidad, el espíritu de apostolado y el deseo de la salvación de sus compatriotas; que los instruyan profundamente en las ciencias sagradas y profanas, porque los indígenas no son de inferior condición, sino de suficiente ingenio para alcanzarlas; que pertenecen al mismo sacerdocio y apostolalado, y ninguna diferencia debe existir entre los misioneros europeos y los indígenas, ningún término de separación; antes al contrario, deben estar unidos los unos con los otros por el mutuo respeto y caridad. Para cumplir con estos fines urge la necesidad de fundar Semi– narios Diocesanos, Centrales o Generales en los mismos campos de Misión. o enviar los alumnos al Colegio Urbano de Propaganda o a alguno de los otros Colegios Internacionales de Roma» (32). «Para organizar la Iglesia de Cristo completamente--continúa el mis– mo Pontífice-es necesario servirse de todos los elementos de que por divina ordenación se compone; síguese, en consecuencia, que debéis contar como una de vuestras principales obligaciones el instituir Congregaciones reli– giosas indígenas de ambos sexos. ¿Por qué razón entre los nuevos segui– dores de Cristo aquellos que sienten el divino impulso de inspiración celeste hacia más alta perfección, no han de profesar los consejos evangélicos? Sobre este punto, no se deben llevar más de lo justo los misioneros y reli– giosas que trabajan en vuestro campo, por el amor del propio Instituto, aunque sea justo y legítimo, acortando el campo de visión para no consi– derar las cosas en una comprensión más amplia. Sí hubiera indígenas que desean pertenecer a las antiguas Congregaciones, no siendo ineptos para embeberse de su espíritu, o si desean procrear en su país otra rama de la Congregación que lleve su hermandad y semejanza, en ningún modo se les prohiba o haga desistir de su propósito; reflexionando, empero, impar– cial y escrupulosamente, si será más ventajoso fundar nuevas Congrega– ciones que se conformen mejor con la índole de los indígenas, con las cir– cunstancias y necesidades de cada país» (33). Lo referido no necesita comentarios, sino pronta realización por parte de todos los interesados, a medida de las posibilidades. 428. Jerarquía indígena.-Formados los sacerdotes en número y calidad suficiente, se debe constituir la jerarquía indígena in– dispensable para que la Iglesia pueda continuar su vida. Esta debe ser la meta de la actividad misionera; pues hasta que no se verifique el traspaso completo de todos los medios de salva-_ ción y santificación en un territorio dado y esté asegurada la es– tabilidad y continuidad de la jerarquía eclesiástica indígena, no se puede decir que la Iglesia ha llegado a la edad adulta. (32) Cfr. Act. Ap. Sed., 1926, t. XVIII, pp. 76-77. Pueden verse los Colegios de esta índole en AnENs, o. c., pp. 198 y sigs. (33) Cfr. Act. Ap. Sed., 192G, t. XVIII, pp. 77-78. 21

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