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31 l P. II.-l'IIISIONOLOGÍA JURÍDICA cialmente, un acto de religión, que se debe ejercitar por y para la Iglesia (9). Esta teoría de la plantación y consolidación de la Iglesia ha sido defendida y explicada, aunque con algunas modi– ficaciones, por muchos misionólogos modernos. 5.ª P. Glorieux, profesor de la Universidad de Lila, admite que el objeto propio de las misiones es plantar la Iglesia, pero éstas no se justifican sin tener en cuenta la salvación de las almas, por– que la necesidad de las misiones y la salud de los infieles son dos términos correlativos de un único problema (10). Pero ¿qué es lo que necesariamente justifica las misiones en la cuestión de la salvación de los infieles? Aquí es donde el autor desarrolla su te– sis central. Lo que se encuentra en el fondo de todo apostolado misionero para legitimarlo y explicarlo no es una cuestión de vida o de muerte para los paganos, sino una plenitud de vida (11). La tesis de Glorieux fué criticada por el P. Hugueny, O. P., por– que lo que dice sobre la plenitud de la vida parece quitar al apos– tolado misionero el motivo tradicional; pues si bien los infieles tie– nen posibilidad de salvarse, sin embargo, hay una distancia tan enorme de la posibilidad a la frecuencia del hecho, que las misio– nes son, en realidad, una cuestión de vida o muerte para la mayor parte de los infieles (12). 6.ª El P. H. de Lubac, S. J., profesor de la Universidad de Lyon, admite sí la posibilidad de la salvación de los infieles, con– siderando cada hombre individualmente, pero tomada toda la hu– manidad colectivamente, no se salvará sino por la Iglesia y en la Iglesia. Esta es medio indispensable para la salvación de la hu– manidad colectivamente considerada. Como las misiones extien– den por todo el mundo la Iglesia, del resultado bueno o infeliz de ellas depende la vida o la muerte de la humanidad (13). 7.ª El A. Perbal, O. M. I. (14), defiende también la teoría de la plantación de la Iglesia, pero procura apoyarla en argumentos teológicos, principalmente sacados del tratado de Ecclesia. No mue;– ve la cuestión de la salud de los infieles como motivo de las mi– siones, para no resbalar en un terreno discutible; reconoce, sin embargo, la unión intrínseca del problema de las misiones con el de la salvación. Procura también llenar las lagunas de Grentrup, que se contentó con examinar los argumentos positivos de la Igle– sia, y las de Charles, que aduce sólo argumentos ab absurdo (15). \9) Ib'íd., pp. 23 y sigs. (10) Cfr. SEUMors, Vers une définition de l'activité missionnaire, pp. 10-11. (11) Ibíd., p. 11. (12) Le scanda!2 édifiant d'une exposition missionnaire, en Revue Thomiste, 1933, t. XXXVIII, p. 56. (13) Cfr. Nécessité des Missions, tirée du ró!e providencie! de !'Eglise visible pour te _sa!ut des dmes, en Actes dtt 2me. Congres de l'U. M. C. de France, 1933, pp. 48-49. (14) Cfr. Premieres Le,;;ons de théologie missionrulire, pp. 75-76, 100 y sigs. (15) Cfr. SEUMOIS, O. C., p. 12.
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